Por Pablo García Mejía
Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island,1933-2023), murió a los 89 años. Falleció tranquilamente en su casa de Santa Fe, Nuevo México, Estados Unidos. Una muerte que muchos escritores hubieran querido obtener mientras la Parca se dejaba acariciar lánguidamente con el fin de distraer al triunfante ser; de esa manera realizaba su trabajo de zapa apretando el obscuro corazón que todo gran Escritor posee. Haciendo que la negra sangre invadiera todo su organismo.
Cormac McCarthy obtuvo una magnífica muerte: largamente apetecible. Muy diferente a la de sus personajes; sobre todo al de su doliente Padre y defensor de su pequeño hijo hasta las últimas consecuencias en su novela: The Road o en español: La Carretera. Una lectura que estimula a lo que queda del espíritu en el lector; pero que tiene efectos deprimentes y paralizantes hasta las lágrimas. Si uno no ha podido llorar o algo le impide llevarlo a cabo en el alma o en el organismo; no es necesario cortar con filoso cuchillo una gran cebolla. Solo hay que adentrarse en esta maravillosa novela y el espíritu comienza a flaquear, después el cuerpo lo reciente y tiembla sin control hasta que los sollozos fluyen sin control.
La Carretera transcurre en un futuro postapocalíptico donde no hay casi nada para comer y un niño de ocho años cuestiona a su padre:
El chico recostó la cabeza en el brazo del hombre. Al cabo de un rato dijo:
¿Van a matar a esas personas, ¿verdad?
¿Por qué tienen qué hacerlo?
No lo sé.
¿Se los van a comer?
Sí.
Y nosotros no podíamos ayudarlos porque nos habrían comido también.
Sí.
Y por eso no podíamos ayudarlos.
Sí.
Muchas veces uno como lector recibe, al leer de ciertos autores, un castigo con una gran dosis de saña. Un escarmiento por atreverse a entrar a ese universo inescrutable donde se gravita como un satélite enloquecido sobre lo bello y lo aterrador; sobre lo maravilloso y lo sublime. Pero, a fin de cuentas, al terminar la narración el lector es fecundado e inspirado para acabar arropado para la vida y la muerte.
Leer a Cormac McCarthy, es dejar de caminar por la vida como sonámbulos a la orilla de la tumba. Sus fuertes palabras nos hacen abrir los oídos y los ojos a ese magnífico espectáculo que es la existencia. Es flagrante que nos sentimos atraídos hacia lo abstruso del alma cuando nos ponen frente al espejo de la atracción como si fuese una ley de la influencia para llegar a lo intangible de la vida que nos posee.
Con este autor lo mejor es leerlo a sangre fría, tratando de apartar el corazón lo más lejos posible. Bueno, a fin de cuentas, es una recomendación banal porque eso jamás será posible, una vez que uno abre el libro y recorre sus primeras palabras, un perverso instinto fluye desde adentro hacia afuera del lector que atrapa inmediatamente al imán de la soledad, la belleza, la sabiduría y el encanto que jamás se pueden olvidar.
De pronto, hay un gozo profundo, un éxtasis cuando el lector descubre que él es también quien aporta sus sentimientos y sensaciones al texto y no solamente es quien recibe el regalo de la narración; de esa historia que está leyendo. Uno se baja de ese tren cargado de incertidumbre para encontrar el estupendo bosque lleno de vegetación desbordante donde los multiformes pensamientos vuelan alegres como hermosas mariposas.
Cormac McCarthy, un artista que nos ha hecho experimentar la vida hasta remover las ascuas de la inconsciencia. Haciéndonos sentir el intenso deleite de la lectura, aportando siempre un misterio que nunca retrocede; jamás nos muestra una sola cara, sino uno de los miles de rostros que perennemente nos sorprenden como un mago iluminado.
Cuando la vida de un Escritor se extingue, de súbito esa existencia cobra un trascendental interés para nosotros. Nos sentimos huérfanos. Con frecuencia su muerte nos permite ver que cuando estaba vivo: su vida y su obra eran la misma. Hubiéramos querido estar muy cerca de ese momento para restaurarlo con todos sus huesos y su carne. Pero no es posible. Así que solo nos queda reconocer que la influencia de su muerte es más potente que la de muchos que están vivos.
Por último, Cormac McCarthy vivió siempre entre la frontera de México y Estados Unidos donde ocurrieron la mayoría sus narraciones, de esa manera fue inevitable la influencia mexicana en sus escritos. También porque fue educado en la fe católica. Su última novela Estela Maris es la historia de una joven internada, por sí misma, en un centro psiquiátrico que trata de entender su propia vida. Alicia, con cuarenta mil dólares en su bolso y a punto de ser doctora en matemáticas, prefiere recluirse en ese nosocomio a fin de rebasar esa línea que divide a la cordura de la locura y encontrar la verdadera belleza en la demencia total.
Estela Maris, seguramente fue escogido como título por el autor católico porque es un canto: un himno de la gente del mar que pide la protección a la Estrella del Mar: la siempre Virgen María, solicitando con sus plegarias la ayuda de María Estrella esplendorosa de los mares. Acaso, ¿el viaje a la muerte es como un traslado por el venturoso mar y lo mejor es pedir la protección de la gran Madre para arribar a buen puerto?
Cormac McCarthy fue ganador del National Book Award por All the Pretty Horses (Todos los bonitos caballos), en 1992 y del Premio Pulitzer por The Road (La Carretera) en 2006.