Raymond Carver: Tres rosas amarillas
“Pienso que es bueno que en un relato haya un leve aire de amenaza… Debe haber tensión, una sensación de que algo es inminente.”
Raymond Carver.
El elefante y otros cuentos (1987). Fueron los últimos siete relatos que escribió Raymond Carver antes de morir de cáncer de pulmón en 1988 a los cincuenta años. Tener este libro de cuentos es como poseer una gran caja con un enorme moño de color azul pastel. Todos son extraordinarios. Pero uno de ellos —el último— es una joya de la literatura universal y, al mismo tiempo, un homenaje a uno de los más grandes escritores rusos de todos los tiempos: Anton Pavlovich Chéjov. Uno quita el moño de navidad y abre la caja, en ella vienen: Cajas, Quien quiera que esté usando esta cama, Intimidad, Menudo, Elefante, Pastel de mirlo y, Tres rosas amarillas la cual fue publicada un poco antes de su muerte.
Todo comienza con el fallecimiento de Chéjov. Uno después de leer la narración, solo recuerda la hermosa muerte de Chéjov concedida por Carver. Este escritor que al mismo tiempo se estaba muriendo mientras describía esa maravillosa muerte. El autor norteamericano decía del autor ruso, lo que él mismo estaba viviendo en carne propia: “De hecho a Chéjov, le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía dolores en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida”.
Fue la madrugada del 15 de julio de 1904 cuando murió Chéjov… Pero, no nos adelantemos, antes escuchemos la voz de Raymond Carver: “También León Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del eximio escritor del país. (¿El hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena “al núcleo de los allegados”, ¿cómo no permitir que viera a Chéjov? (…) apreciaba sus narraciones cortas. Además —y tan sencillo como eso—, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: «Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso…»”.
Quizás, sería importante mencionar que amar a Anton Pavlovich Chéjov como persona era lo más fácil del mundo, pues habría que hacer una enorme lista de todas sus bondades para con el pueblo ruso, sobre todo para la gente más pobre de la Madre Rusia. Este fantástico escritor se afanó en construir la primera Casa de Moscú, con biblioteca, sala de lectura, auditorio y teatro; se encargó de dotar a Moscú de una clínica para enfermedades de la piel (no olvidemos que era médico); organizó un museo de pintura y Bellas Artes en Taganrog (su pueblo natal); puso en marcha la primera estación biológica de Crimea; reunió libros para la escuela pública de la Isla de Sajalín: una isla rusa situada al norte de Japón donde escribió un libro visitando a las cárceles y a sus reos; construiría tres escuelas para los hijos de los campesinos en las cercanías de Moscú; y al mismo tiempo, un campanario y un parque de incendios para los campesinos; en Crimea edificó una cuarta escuela. Durante la epidemia de cólera estuvo trabajando él solo como médico atendiendo a veinticinco pueblos, sin ningún ayudante. Prestó ayuda a los hambrientos en los años de mala cosecha. Al año trataba a más de un millar de campesinos, gratuitamente y suministrándoles los medicamentos. En ese tiempo acudían a Yalta muchos tuberculosos sin un céntimo en el bolsillo que venían de Odesa, Kishinev y Jarkov solo porque habían oído que Chéjov los atendería, les daría alojamiento, medicamentos y comida. De toda esa bondad está llena su obra. Desde luego falta enumerar muchas generosidades más, sin olvidar que él mismo plantó árboles y flores haciendo fecundar la tierra.
Seguramente Raymond Carver sabía de su misericordia para con los más necesitados y logró pagarle con la misma moneda poniendo en su historia al doctor Schöwhrer en el balneario de Badenweilwer, situado en la zona occidental de la Selva Negra, en Alemania, donde los rusos eran asiduos de sus baños termales, le acompañaba su esposa la actriz rusa Olga Knipper. Este médico alemán en los estertores de la muerte del autor ruso —pleno de compasión— hizo algo inusitado tanto para la historia de la Literatura como para el corazón de todos los lectores del mundo: le otorgó a su admirado autor la muerte más bella jamás imaginada.
Raymond Carver honró y fue honrado al escribir esta historia llenándose de la más alta investidura que Calíope, hija de Zeus y la musa de la Literatura puede otorgar colocando en su cabeza la corona de laureles.
Sin embargo, en la Literatura todo es como los espejos de frente donde se ve el reflejo del reflejo. Carver admiraba a Chéjov y mientras escribía la muerte por tuberculosis de su admirado autor; el mismo se estaba muriendo de cáncer de pulmón. Pero, alguien un traductor japonés de sus historias lo admiraba profundamente. Este hombre —autodidacta— dueño de un club de jazz en Japón, se arriesgó junto con su esposa Yoko a visitarlo a él y a su esposa Tess Gallagher en su casa de Port Angeles para conocerlo personalmente: era el verano de 1982 y este hombre era Haruki Murakami. En esa ocasión, escribió Tess Gallagher:
“Ray estaba ansioso, casi con un deleite infantil, por conocer a Murakami, por ver quién era y por qué sus escritos los habían reunido en el Planeta”.
Chéjov alguna vez dijo: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante”
Máximo Gorki dijo de Chéjov: “Al leer los cuentos de Chéjov uno parece sumergido en un día triste de finales de otoño.”
Haruki Murakami dijo de Raymond Carver: “Raymond Carver es el maestro más valioso que he tenido y también el mejor camarada literario.”
Para finalizar, este es el poema que escribió Raymond Carver a Haruki Murakami:
Proyectil
Bebimos te. Meditando cortésmente.
Sobre las posibles razones del éxito
de mis libros en tu país. Se deslizó.
En hablar de dolor y humillación.
encuentras que ocurre y se repite,
en mis historias. Y ese elemento
de pura casualidad. Cómo se traduce todo esto
en término de ventas.
Raymond Carver (Clatskanie, Columbia, Oregon, Estados Unidos, 25 de mayo de 1938-Port Angeles, 2 de agosto de 1988) fue un cuentista y poeta estadounidense. Es considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX y de la literatura norteamericana.









