dom. Jul 5th, 2026

Alerta aérea de EEUU tensiona el Caribe venezolano

La decisión de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) de catalogar el espacio aéreo venezolano como “zona de riesgo” incrementó la tensión en un Caribe marcado por el despliegue militar estadounidense. La medida, vigente hasta febrero de 2026, atribuye la advertencia a supuesta “actividad militar” en la región, aunque los movimientos recientes provienen de embarcaciones y aeronaves de Washington. Gobiernos latinoamericanos cuestionaron la decisión por su impacto en la conectividad regional y por el precedente político que establece.

El anuncio provocó suspensiones de vuelos por parte de aerolíneas internacionales, afectando a miles de pasajeros en plena temporada de fin de año. En contraste, operadores regionales como Satena, Wingo y Láser Airlines mantuvieron sus rutas, respaldados por lineamientos internacionales que obligan a garantizar la seguridad aérea sin convertir advertencias en bloqueos encubiertos. Autoridades aeronáuticas subrayaron que Venezuela no ha realizado maniobras que comprometan la navegación y que la advertencia estadounidense genera efectos económicos más allá de sus fronteras.

Diversas voces del Caribe interpretaron la medida como un instrumento de presión política disfrazado de protocolo técnico. Señalan que, al limitar operaciones comerciales y sembrar incertidumbre entre líneas internacionales, la alerta opera como una “zona de exclusión de facto” sin fundamento legal. La lectura coincide con un contexto de creciente presencia marítima y aérea de Estados Unidos en la región, que no tiene precedentes recientes bajo el argumento de lucha antidrogas.

En el trasfondo aparece una disputa geopolítica más amplia. La medida se inscribe en un escenario donde Washington busca influir sobre corredores estratégicos y contener alianzas energéticas del sur global. El resultado es un clima de tensión que afecta movilidad, economía y diplomacia, reconfigurando el equilibrio político del Caribe.

Trump y Salinas Pliego, espejos del poder estridente

Las conferencias de Donald Trump han vuelto a exhibir un estilo político que combina insultos, desinformación y una gestualidad marcada por el exceso. La escena —entre berrinches, descalificaciones y ataques a periodistas— revive un tipo de liderazgo que confunde volumen con autoridad. En paralelo, crece el interés por observar cómo ese modelo resuena en figuras latinoamericanas que han adoptado tácticas comunicativas similares para moldear la conversación pública y desactivar críticas incómodas.

En México, Ricardo Salinas Pliego ha construido un altavoz capaz de marcar agenda mediante provocaciones diarias en redes. Sus respuestas a cuestionamientos, en especial cuando provienen de mujeres, reproducen un patrón que recuerda la lógica trumpista: burla, desdén y descalificación rápida para desplazar el debate. Aunque sus posiciones de poder son distintas —uno expresidente, el otro magnate mediático— ambos operan bajo un mismo registro: convertir la esfera pública en un escenario personal donde el ataque es recurso cotidiano.

El uso reiterado de la desinformación fortalece este estilo. Tanto Trump como Salinas emplean narrativas fabricadas para moldear percepciones y sostener fidelidades políticas o corporativas. La estrategia se apoya en apodos, chistes y comentarios sarcásticos que buscan minimizar a quien cuestiona y amplificar su propia autoridad. Ese tono insolente, presentado como valentía, termina por normalizar dinámicas de hostilidad en el debate público y desplazar discusiones de fondo.

El resultado es un clima político saturado de ruido, donde la conversación queda reducida a confrontación y espectáculo. Para una ciudadanía cansada de la estridencia, surge la necesidad de exigir espacios donde el poder escuche más y grite menos. Frente a líderes que convierten cada micrófono en un ring, crece la demanda por recuperar un diálogo que no dependa del insulto ni del sarcasmo para sostenerse.

Escalada en Venezuela y el plan de Washington

La difusión del llamado Manifiesto de Libertad en The Washington Post confirmó la orientación de un sector opositor venezolano alineado con la agenda geopolítica de Estados Unidos. Para investigadores consultados, el documento no es una propuesta de transición democrática, sino un programa que abriría la puerta a la privatización total de recursos estratégicos y al desmantelamiento del Estado social venezolano. Su publicación coincide con el despliegue militar estadounidense más agresivo en el Caribe en años recientes.

Analistas como Víctor Hugo Majano y Romain Migus advierten que el texto plantea un modelo de entrega soberana que afectaría no sólo a la industria petrolera, sino al control territorial y a las alianzas con países del bloque BRICS. La propuesta de “garantía plena de derechos de propiedad” sobre tierra, subsuelo y yacimientos implicaría la venta íntegra de los recursos nacionales. Para ambos especialistas, se trata de un esquema neocolonial que convertiría a las élites locales en administradoras de intereses externos.

El documento también propone reconfigurar a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. A corto plazo, señalan los expertos, busca fracturar la institución y facilitar operaciones encubiertas o golpes de fuerza. En un eventual nuevo orden, su rol se reduciría a proteger corredores de extracción y activos corporativos. Esta redefinición militar sería parte de una estrategia más amplia destinada a preparar el terreno para privatizaciones masivas y una economía orientada al capital transnacional.

La disputa trasciende las fronteras venezolanas. Para los analistas, la operación política, diplomática y militar forma parte de un intento de Washington por frenar la expansión de China, Rusia y los BRICS en la región. La promesa de “libertad” encubre, sostienen, un modelo que busca quebrar la cohesión social venezolana, manipular a la diáspora y reinstalar un orden económico dependiente del poder estadounidense.

El regreso de la lógica imperial estadounidense

La idea de América Latina como “patio trasero” de Estados Unidos nunca desapareció del todo; sólo se volvió más discreta. Desde la Doctrina Monroe hasta el discurso de la era Trump, persiste una visión que reduce a la región a espacio subordinado y prescindible. Las expresiones “vecindario”, “backyard” o “barrio” funcionan como un disfraz amable para una política que concibe el hemisferio occidental como territorio bajo tutela, donde Washington corrige, interviene y castiga según sus intereses estratégicos.

Esa mirada reapareció con fuerza en las declaraciones de operadores trumpistas como Mauricio Claver-Carone, quien afirmó que Estados Unidos debe dominar la región para sostener su liderazgo global. La propuesta de Trump de renombrar el Golfo de México como “Golfo de América” va en esa misma dirección: no es una ocurrencia aislada, sino una forma de inscribir dominación en el mapa, de reivindicar propiedad simbólica sobre mares y territorios. Nombrar, históricamente, ha sido un acto de poder.

El lenguaje imperial se acompaña hoy de un despliegue militar creciente en el Caribe. Bajo el argumento de combatir el tráfico de fentanilo, operativos estadounidenses han atacado embarcaciones y ampliado su presencia naval con justificaciones que recuerdan los prólogos de intervenciones pasadas. En ese marco, Venezuela, Cuba y Nicaragua aparecen como objetivos funcionales para reordenar el “patio” y enviar un mensaje al resto de la región: el control del hemisferio sigue siendo prioridad estratégica para Washington.

El avance de este discurso reabre un dilema central: aceptar el mapa impuesto desde el norte o reivindicar la región como sujeto político. La disputa no es semántica; involucra soberanía territorial, recursos energéticos y alineamientos geopolíticos. América Latina sólo podrá dejar atrás el rol de corral si redefine quién decide sus fronteras, sus alianzas y su futuro común.

La derecha mexicana se queda sin proyecto político

La derecha mexicana atraviesa una larga fase de desgaste electoral y organizativo que comenzó en 2015 y se ha profundizado con el avance de Morena. La pérdida sostenida de votos, cargos públicos y capacidad de articulación ha dejado al PAN, al PRI y a Movimiento Ciudadano sin un mensaje capaz de competir con el proyecto oficialista. Sus dirigencias no logran formular un discurso coherente ni reconstruir alianzas sociales, lo que alimenta la percepción de una etapa crepuscular en su influencia nacional.

Esa falta de rumbo se manifiesta con especial claridad en torno al tema de la seguridad, eje que la derecha intenta posicionar como bandera central desde hace dos décadas. Aunque lo ha utilizado para confrontar a gobiernos progresistas, sus propios gobiernos estatales y federales evitaron asumir responsabilidades durante los periodos de mayor violencia. Esta incongruencia debilita su narrativa y dificulta conectar con una ciudadanía que demanda respuestas duraderas, no consignas de ocasión planteadas en momentos de disputa política.

La marcha del 15 de noviembre ilustra ese desorden estratégico. Convocada bajo el emblema de “Generación Z”, mezcló contingentes opositores tradicionales con grupos que luego arremetieron contra vallas policiacas en el Zócalo. La ausencia de un templete y la decisión de convertir la confrontación en acto central mostraron una protesta sin conducción política clara y con objetivos difusos. El saldo fue de decenas de policías lesionados y manifestantes detenidos, alimentando el debate sobre tácticas y responsabilidad.

El episodio plantea una pregunta de fondo: ¿está la derecha dispuesta a reemplazar la disputa democrática por un recurso basado en la provocación y el choque? Su crisis actual no reside solo en la caída electoral, sino en la pérdida de una narrativa capaz de ordenar sus acciones. En un escenario donde Morena mantiene hegemonía y la oposición carece de proyecto, la definición de sus próximos pasos determinará si puede reconstruirse o profundizar su deterioro.

Operador digital del PAN detrás de marcha Z

La presencia de Edson Saúl Andrade Lemus como uno de los principales convocantes de la marcha atribuida a la generación Z modificó la lectura inicial del evento. Documentos oficiales confirman que trabaja para el PAN de la Ciudad de México y recibe pagos del Congreso capitalino por manejar redes sociales de diputadas del blanquiazul. Su perfil profesional desmonta la idea de una convocatoria juvenil espontánea y apunta a una movilización impulsada desde estructuras partidistas.

Entre 2021 y 2024, Andrade acumuló contratos por más de 647 mil pesos, además de un convenio vigente por el que cobró más de 250 mil pesos en los primeros meses de 2025. Fuentes internas señalan que operaba una red de bots destinada a incrementar artificialmente el alcance digital de legisladoras. Fotografías y registros públicos lo muestran acompañando a figuras panistas en informes legislativos, actividades de Acción Juvenil y actos de campaña, incluidas las del exalcalde Santiago Taboada.

La dirigencia nacional del PAN admitió que Andrade mantiene contratos con el partido, aunque negó relación con la marcha del 15 de noviembre. Morena difundió información adicional sobre pagos superiores a dos millones de pesos anuales por servicios de estrategia digital, lo que amplió el debate sobre financiamiento, operación y coordinación política dentro del blanquiazul. Estos datos fortalecen la percepción de una intervención organizada y no de un llamado ciudadano aislado.

El caso abre una discusión más amplia sobre el uso de recursos públicos, la manipulación del entorno digital y la apropiación de identidades generacionales para fines partidistas. También evidencia la influencia creciente de operadores profesionales en la disputa política de la capital. Para una ciudadanía que consume información a gran velocidad, la opacidad en estas operaciones exige nuevas reglas de transparencia y monitoreo.

¿Podrá el sector construcción repuntar en 2026?

La construcción mexicana llega al cierre de 2025 con uno de sus golpes más duros en una década. La caída simultánea de obra pública, megaproyectos concluidos y altos costos de insumos debilitó un sector que funciona como motor transversal de la economía. Las cifras del segundo semestre muestran un deterioro acelerado: desplomes superiores al 19% en producción y retrocesos laborales marcados, mientras regiones dependientes del gasto federal enfrentan contracciones históricas.

El ajuste más severo proviene de la obra pública. Estados como Quintana Roo, Tabasco o Campeche muestran retrocesos de dos dígitos tras la conclusión del Tren Maya y Dos Bocas. En contraste, entidades con dinamismo industrial o metropolitano registran avances notables, resaltando Ciudad de México, Tlaxcala y zonas del norte y Bajío. Esta polarización evidencia que la crisis no es homogénea y que la inversión privada, aunque debilitada, muestra mayor resiliencia que la federal.

El nearshoring aparece como la apuesta estratégica para 2026. Proyecciones apuntan a un crecimiento cercano al 25% en construcción industrial, impulsado por la relocalización manufacturera y una Inversión Extranjera Directa histórica. Estados como Nuevo León, San Luis Potosí y Guanajuato concentran nuevas plantas automotrices y desarrollos logísticos. Sin embargo, advertencias de especialistas subrayan riesgos persistentes: altos costos derivados de aranceles, tasas todavía restrictivas, y déficits estructurales en energía y mano de obra calificada.

El presupuesto federal propone un repunte de inversión pública y un ambicioso programa de vivienda para fortalecer el piso del sector. Aun así, la recuperación dependerá de la capacidad de mitigar incertidumbres externas, atender cuellos de infraestructura y estabilizar costos. Si la construcción no recupera tracción pronto, difícilmente la economía mexicana podrá sostener un crecimiento robusto en 2026.

El descontento juvenil y sus verdaderas causas

El creciente debate sobre la generación Z mexicana ha revelado un panorama menos explosivo de lo que suelen sugerir ciertos discursos políticos. Aunque se anticipan movilizaciones juveniles, la evidencia muestra que gran parte del descontento atribuido a este grupo ha sido amplificado por actores partidistas. Datos recientes sugieren que los jóvenes, lejos de encabezar una rebelión, mantienen niveles moderados de inconformidad institucional.

Las encuestas regionales permiten dimensionar mejor este fenómeno. México se ubica entre los países donde la juventud reporta menor desconfianza hacia el Gobierno federal, una tendencia que contrasta con los niveles históricos registrados apenas hace unos años. Esta variación coincide con una mayor cercanía ideológica entre jóvenes y oficialismo, así como con una valoración relativamente positiva de instituciones clave como el Congreso, el poder judicial y el instituto electoral.

A pesar de ello, la generación Z no es ajena a los desafíos del país. La inseguridad aparece como una preocupación persistente, aunque no constituye su principal motor de movilización. Para muchos jóvenes, la prioridad se ubica en la economía cotidiana: salarios bajos, empleos inestables y dificultades crecientes para acceder a vivienda o construir proyectos de vida sostenibles en un entorno cada vez más restrictivo.

Este contexto sugiere que las narrativas sobre crimen tienen alcance entre menores de 28 años. Movilizarlos requiere entender sus preocupaciones centradas en bienestar, acceso a oportunidades y estabilidad. La generación Z no demanda castigos ejemplares, sino condiciones que permitan planear futuro. Atender esa agenda será determinante para cualquier proyecto político que aspire a representarlos.

La retórica intervencionista de Marco Rubio

La figura pública de Marco Rubio funciona como engranaje discursivo de una estrategia más amplia: traducir el intervencionismo estadounidense en un lenguaje que parezca sentido común. Su narrativa, construida sobre advertencias veladas y señalamientos moralizantes, busca fijar un marco donde la sanción, la presión diplomática y la amenaza militar se justifiquen como actos de “responsabilidad”. Más que argumentar, su retórica pretende disciplinar, instalando la idea de que ciertos gobiernos latinoamericanos deben ser corregidos.

Este dispositivo opera mediante la fabricación constante de enemigos. Cada declaración suya convierte a un país, líder o movimiento social en amenaza inminente. Esa absolutización del otro, propia de la propaganda clásica, habilita la legitimidad de medidas punitivas presentadas como necesarias para preservar el orden. El mensaje es nítido: Estados Unidos interviene porque “no tiene opción”. Rubio encarna la vocalización de esa coartada imperial que exige obediencia bajo la apariencia de preocupación democrática.

Su eficacia radica en producir un clima perceptivo específico: incertidumbre, miedo administrado y sensación de vigilancia continua. La pedagogía del castigo no se expresa solamente en sanciones concretas, sino en la instalación simbólica de que cualquier desobediencia puede ser castigada. El personaje funciona así como figura teatral del poder, un intérprete que dramatiza la idea de un imperio paciente, pero dispuesto a actuar si sus advertencias no son atendidas.

Desmontar esta retórica implica observar la maquinaria que la sostiene. Rubio no es la causa, sino el síntoma de una estructura que necesita voceros capaces de traducir violencia en moralidad. Sus intervenciones no deben leerse como excentricidades individuales, sino como parte de una gramática imperial que busca naturalizar la injerencia y despolitizar el castigo. Comprender esa lógica es fundamental para discutir, desde América Latina, los límites y riesgos de un orden que intenta imponerse bajo el disfraz de advertencia responsable.

Tulio Triviño nos vio crecer y colapsar: Títeres, ruinas y otras formas de lucidez.

Lunes por la mañana, me levanto sin pereza ni entusiasmo; muy a lo lunes-en-la mañana. De una a la rutina: cama, café, gatas, meditación, música.

Me presento, soy el modelo perfecto de la infancia progre mexicana de finales de los noventa y principios de los dos mil; el producto de un contexto y una era que intentó criar ciudadanos éticos, ecológicos y empáticos a punta de prólogos del Fondo de Cultura Económica, cursos de verano de arte, talleres sobre “valores universales” y Once Niños, sobre todo había mucho Once Niños.

Nuestra infancia olía a papel reciclado, regletas y moral civilizada. En lugar de religión, tuvimos ética; en lugar de dogma, tuvimos conciencia social. Nos dijeron que la lectura salvaba, que el arte cambiaba al mundo y que lo público era aún una causa noble; entre presentaciones de PowerPoint sobre tolerancia en nuestras pequeñas escuelas y programas de televisión como Bizbirije, Cuentos de la calle Broca y 31 minutos, jugábamos a ser los adultos que apenas podemos fingir ser hoy.

Crecimos y estudiamos carreras humanísticas que no sirven para nada, a mucha honra de nuestros padres. Entramos en el mercado laboral con títulos creativos y académicos sólo para descubrir que el mundo no nos necesita; necesita personas multitask que hagan reels, o personas que te digan cuándo invertir en NFT de manera segura, o nunca falta el buen “tú que eres artista, rifate unos animalitos para el cuarto del nuevo bebé”.

Entre becas mal pagadas y trabajos por amor al arte, el sueño adulto se fue nublando de un peculiar escepticismo, de una primera nostalgia que se volvió una melancolía estética. Algunos, se refugiaron en el activismo; otros, en la ansiedad. Yo, –como muchos- intento huir de la última con ironía, porque tal vez es la ironía la única fidelidad que queda, para la última infancia que creyó en el bien común.

Lo paradójico de nuestra adultez es que aprendimos a nombrar la catástrofe antes de vivirla; nos dieron herramientas críticas, nos formaron en el análisis estructural, la ecología política y la teoría decolonial. Somos capaces de entender el problema, desmenuzarlo, citarlo y hasta hacer un Podcast sobre él. Y, ante la ruina -económica, política, sensible, emocional-, solo atinamos a sonreír con una mueca lúcida: sabíamos que esto iba a pasar, y aquí estamos.

Lunes por la mañana y mi pantalla de confianza me brinda la noticia: 31 Minutos, esa serie de televisión y banda musical chilena estrenada en el 2003, protagonista en la sensibilidad progre que nos vio crecer, colaboró con Tiny Desk Concerts, reconocida serie de conciertos, organizados por el programa de radio All Things Considered de NPR Music, que se ha posicionado como una especie de “Post-MTV Unplugged”, en el que artistas destacados de la escena musical realizan un breve concierto en “una pequeña oficina”.

Hay algo de entrañable en ver a los mismos títeres que nos enseñaron ética desde lo absurdo -cantando con voz temblorosa sobre la ternura y el fin del mundo-, en los espacios consagrados del arte. Hay algo profundamente bello y trágico en esto; somos una generación que puede teorizar y consagrar su propia derrota, mientras baila con Tulio Triviño.

¿Qué se hace con una infancia que nos enseñó a cuestiónalo todo, pero no a tolerar el desencanto?, ¿Qué clase de adultez puede brotar de un humor que fue, desde el principio, un gesto de defensa?, ¿Es posible que estos títeres sean nuestros primeros filósofos, y los primeros en hacernos ver que pensar también duele?

Al ser yo el modelo perfecto del proyecto de mi época y contexto particular, no puedo hacer otra cosa que citar a un filósofo -uno Progre, evidentemente-:

Walter Benjamin arroja una luz propositiva sobre esta infancia particular que se volvió adultez liminal; En su texto infancia en Berlín hacia 1900, el autor nos suelta:

“Nada de lo que fue, alguna vez se pierde por completo; el niño se detiene ante la ruina con un asombro que contiene su propio tiempo” (Benjamin, 1982, p. 124).

El asombro infantil no es puesto aquí como una inocencia ingenua, sino como capacidad de leer la historia desde los fragmentos que en ella sobreviven; el niño no estructura el mundo desde la linealidad épica del discurso histórico, y en esta desobediencia natural entiende la importancia narrativa del fragmento, y a ver la ruina con asombro.

Es aquí donde nuestra generación se encuentra con su primera gran ironía filosófica: crecimos rodeados de enseñanzas éticas, pedagogías liberadoras y mensajes de conciencia social amplios. Estos no solo desatendieron la necesidad infantil del fragmento, también la necesidad infantil de la realidad compartida; la famosa “burbuja”. Lo que quedó fue una mirada, tan crítica como asombrada, ante la ruina del mundo.

Gracias a programas como 31 Minutos, fuimos educados por títeres que creían en la democracia, mientras crecíamos en democracias que actuaban como títeres. Bajo cada canción dormía la ruina de un proyecto pedagógico ilustrado, y el fracaso luminoso del ideal progresista de una crianza distinta.

Pero algo cocinaban las buenas intenciones, además de aparente fracaso, en este laboratorio de escuelas activas e ideologías de emancipación; los títeres que nos enseñaban valores no nos salvaron, nos dieron herramientas para reconocer el desastre y, aún más importante, para reírnos de él.

Nuestra infancia floreció y se marchitó en un mismo escenario; en una educación cargada de contenido crítico, pero desprovista de experiencia para enraizarlo. Como adultos, cargamos con la conciencia del colapso; hemos visto los proyectos más nobles desaparecer bajo el peso de la realidad y a el mundo cambiar para peor, por lo menos para personas como nosotros.

Y así como la ruina de los grandes discursos es lo primero que nos abrazó en el espacio sagrado de la infancia, ahora abrazamos el proyecto fallido que somos con el mismo humor con el que se nos presentó.

La ironía política e infantil de 31 minutos -que se hace presente maravillosamente en el Tiny Desk que acabo de escuchar-, radica en el tipo de humor que encarna: Nos regresa al paradigma del conflicto del infante, pero ya no nos enseña nada; nos recuerda que alguna vez pensamos que podíamos aprenderlo todo, y en esa ternura del imposible, comenzamos a bailar y cantar por la sala las melodías que condensan la esperanza muerta que nos vio nacer como proyecto.

Es el gozo, o la decisión sobre el gozo, el único gesto posible ante la caída de todas las promesas; lo que surge en el instante en el que algo roto vuelve a brillar. No hay redención, sino parodia: reír por costumbre; cantar canciones, tan absurdas como inteligentes, porque el silencio sería peor.

Reposicionar el humor infantil como estandarte dentro de lo adulto poco tiene de resistencia o celebración; es la forma que hemos encontrado de no rendirnos sin tener que creer en nada excepto en lo propio; la esperanza degradada que se vuelve perseverancia del deseo. Nos llaman cínicos, y tal vez tengan razón.

Slavoj Žižek, en un tono opuesto al característico optimismo benjaminiano, y aportando un tono más irónico, nos dice:

“Sabemos muy bien lo que hacemos, pero aun así lo hacemos” (Žižek, 1989, p. 33).

Esta frase central de El sublime objeto de la ideología (1989), bien podría ser el lema de la adultez post-infancia-progre; Para el autor, el gozo no es simplemente placer, sino un exceso capaz de atravesar al sujeto, aun cuando la ilusión se ha desmoronado.

Sabemos muy bien que las premisas que se nos brindaron como básicas, -justicia, mundo ético, educación transformadora, amor a la creación-, no espejean en el mundo real con la misma obviedad con la que se nos fueron dadas. y, aun así, algunos de nosotros seguimos buscando momentos de intensidad que nos conecten con una infancia que, a final de cuentas, priorizó con ternura nuestro juego y nuestra risa.

Cuando los personajes de 31 Minutos hablan sobre desastres, noticias absurdas o la incompetencia del mundo adulto, nuestra risa no viene de la inocencia, sino de haber aprendido a reconocer la catástrofe y permitirnos gozarla. El humor aquí es conciencia de que todo está roto, y aun así seguir bailando, cantando y prestando atención.

Žižek diría que la ideología no desaparece con la ironía; sobrevive gracias a ella. Dicho de otro modo; mirar el colapso, reírse de él y emocionarse con un títere que canta es un acto consciente y, paradójicamente, liberador. La risa se convierte entonces en un acto de resistencia poética; no salva al mundo, pero mantiene viva la chispa de nuestra mirada analítica y juguetona. En este gesto, sostenemos nuestra humanidad y nuestra infancia crítica intacta.

Quizás después de todo, y siendo ya lunes en la tarde, el legado de nuestra infancia progre no era cambiar al mundo, sino aprender a mirarlo con una mezcla propia entre lucidez y ternura. Tal vez no somos el experimento fallido de una educación progresista, sino su consecuencia natural; adultos que aprendieron demasiado pronto que la lucidez, cuando no ilumina, quema.

Escuchando el Tiny Desk de 31 Minutos recuerdo notar que la voz de Tulio Triviño está un poco gastada, como la nuestra; desafinados, autoconscientes, moviéndonos entre la burla y el afecto, jugando a que existe aún un sentido.

Tal vez todo esto –la crítica, la ternura, los títeres y la ironía- no eran una promesa, sino un ensayo general para el vacío; aprendimos a dudar con método, a reír con conciencia y a fallar con estilo. En el fondo, defiendo esa especie de belleza: abrazar la inteligencia melancólica que sabe encontrar sentido en los escombros. Y así seguimos: adultos lúcidos que agradecen, un lunes por la mañana, que el títere cantante todavía provoque una sonrisa, aunque sepamos que no hay nada que esperar después de ella.