Sin contrapesos, Washington prueba hasta dónde puede llegar
Las acciones recientes del Gobierno de Estados Unidos han marcado un cambio profundo en la forma en que Washington ejerce su influencia en el mundo. La operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro, la presión sobre territorios como Groenlandia y las exigencias energéticas dirigidas a Venezuela evidencian una doctrina de poder más directa, menos condicionada por mecanismos multilaterales y cada vez más respaldada por recursos militares y económicos. El desafío para el resto del mundo es cómo responder ante un uso del poder que busca imponer reglas sin intermediación.
Trump está por cumplir un año de su segundo mandato. En ese periodo, prácticas que parecían impensables hace pocos años se han convertido en instrumentos habituales de política exterior. La lógica de America First ha evolucionado hacia una política de acción expansiva en la que los intereses estratégicos de Estados Unidos se equiparan a decisiones unilaterales con impacto global. Este giro plantea interrogantes sobre los límites de la influencia estadounidense en un contexto de instituciones internacionales debilitadas.
La operación en Venezuela mostró el alcance de esa nueva estrategia. Más allá de la disputa energética, la acción tuvo un fuerte contenido simbólico: demostrar que Washington puede actuar sin responder ante organismos internacionales y sin esperar consensos diplomáticos. La reacción global fue limitada. Solo un grupo reducido de países, entre ellos México y España, expresó su preocupación mediante un comunicado. La ausencia de una respuesta internacional más contundente deja a Estados Unidos en posición de avanzar sin contrapesos significativos.
El avance de esta política se explica, en parte, por la falta de articulación de otros actores globales. Las principales potencias económicas han preferido absorber los costos y evitar confrontaciones abiertas. China, la Unión Europea y Japón han optado por acuerdos parciales que amortiguan impactos comerciales pero no cuestionan la lógica de fondo. La falta de un bloque que marque límites genera incentivos para que Washington continúe expandiendo su margen de acción.
La presión sobre Groenlandia podría ser el siguiente punto de quiebre. Varios países europeos ya discuten mecanismos para responder a una eventual acción estadounidense. Las represalias comerciales sobre sectores estratégicos de la economía norteamericana podrían ser el primer intento serio de establecer límites. No será un proceso sencillo, pero Europa cuenta con herramientas para hacerlo si decide asumir los costos políticos y económicos de una confrontación diplomática sostenida.
Para México, la situación es especialmente delicada. La cercanía geográfica y la interdependencia económica amplifican el impacto de cualquier cambio en la política de Washington. La revisión del T-MEC, la cooperación en seguridad y la estabilidad fronteriza forman parte de una agenda que exige prudencia y precisión diplomática. En este escenario, México enfrenta la presión de un país con capacidad para moldear su entorno inmediato mientras el resto del mundo decide cómo reaccionar ante este nuevo tipo de liderazgo estadounidense.
Los próximos meses serán decisivos. Si Europa logra contener la presión sobre Groenlandia, podría sentar un precedente importante. Si no lo hace, la tendencia marcará un periodo en el que la capacidad de reacción internacional será clave para definir hasta dónde pueden llegar las acciones estadounidenses. En cualquier caso, la región deberá prepararse para una etapa de tensiones sostenidas en la que la diplomacia y la coordinación serán más necesarias que nunca.

