El clima político en Estados Unidos ha entrado en una fase de máxima tensión. Tras intervenir en Venezuela y lanzar advertencias sobre Groenlandia y acciones armadas en México, Donald Trump ha acelerado un ciclo de decisiones que erosiona el orden internacional y revive viejas formas de dominación geopolítica. Organismos multilaterales como la ONU y la OTAN lucen incapaces de contener esta deriva, mientras Europa enfrenta la posibilidad de que una crisis en el Ártico fracture su principal alianza defensiva.
En este contexto surge la pregunta central: ¿quién puede frenar a Trump? La diplomacia ha logrado pequeños contenciones, como ocurrió con el presidente Petro en Colombia o con Claudia Sheinbaum en México, quien buscó desescalar tensiones destacando la cooperación bilateral. Pero la eficacia de los llamados diplomáticos disminuye cuando la política exterior de Washington se alinea con la lógica interna del trumpismo, cada vez más desconectada de los contrapesos tradicionales y orientada a demostrar poder antes que a administrar estabilidad.
Por ello, el verdadero freno podría provenir del interior del propio país. El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará elecciones de medio término que funcionarán como un plebiscito nacional sobre el segundo mandato no consecutivo de Trump. Más que una renovación legislativa, será una decisión sobre el modelo de gobierno que el presidente intenta consolidar y sobre su capacidad de moldear la política exterior sin resistencias. El control del Congreso y de 39 gubernaturas definirá si Trump gobierna con margen para profundizar su agenda o si enfrenta un contrapeso institucional capaz de limitarlo.
El escenario interno es convulso. La aprobación presidencial está por debajo del cincuenta por ciento y el país se encuentra conmocionado por el asesinato de Renee Good en Mineápolis, una observadora civil muerta por un agente migratorio en un episodio que ha despertado paralelos con el caso Floyd y reactivado protestas. La respuesta oficial, lejos de apaciguar la indignación, ha alimentado una narrativa de impunidad que polariza aún más a la sociedad y se entrelaza con la campaña electoral. En paralelo, candidatos demócratas buscan capitalizar el clima de hartazgo, mientras el gerrymandering y la segregación política reducen la posibilidad de alternancia.
Los meses previos a la elección pueden convertirse en el periodo más riesgoso para la estabilidad global. Trump enfrenta incentivos claros para recurrir a decisiones de alto impacto con el fin de recuperar popularidad y apuntalar a sus candidatos: medidas migratorias drásticas, choques comerciales, escalamientos retóricos o acciones militares que proyecten control inmediato. El riesgo creciente es que la política interior de Estados Unidos se convierta en el motor principal de la inestabilidad internacional.