mar. Feb 3rd, 2026

Groenlandia expone parálisis europea frente a Trump

El conflicto sobre Groenlandia ha obligado a Europa a enfrentarse con una realidad que intentó evitar durante meses: Estados Unidos, bajo Donald Trump, está dispuesto a someter a sus aliados a golpes económicos y amenazas territoriales para imponer su voluntad. Lo que comenzó como una extravagancia geopolítica —la idea de “comprar” Groenlandia a Dinamarca— se ha convertido en una crisis estratégica que revela la fragilidad del poder europeo.

Las nuevas amenazas arancelarias de Trump, que iniciarían con un 10 por ciento en febrero y escalarían a 25 por ciento en junio, han dejado claro que Washington no se conforma con presionar; quiere doblegar. El argumento del secretario del Tesoro, Scott Bessent —según el cual Europa debe aceptar el sacrificio para mantenerse bajo el paraguas de seguridad estadounidense— expone la naturaleza coercitiva del momento: Estados Unidos exige territorio, lealtad y sumisión con el lenguaje del chantaje económico.

Ante esto, la Unión Europea apenas comienza a comprender lo que implica la disuasión en un mundo donde la fuerza económica se usa como arma estratégica. Ocho países europeos enviaron un pequeño contingente militar a Groenlandia, no para defenderla, sino para colocar un “cable trampa” político: si Estados Unidos invade un territorio respaldado por aliados de la OTAN, el costo diplomático explotaría de inmediato. Esa presencia funcionó. Washington abandonó las insinuaciones militares y pasó a sanciones comerciales.

Sin embargo, en el terreno económico Europa sigue paralizada. Desde 2023 tiene un instrumento anticoerción que, en teoría, puede imponer cuotas, cortar acceso a mercados financieros y bloquear inversiones a cualquier país que intente forzarla. Es su “bazuca comercial”. Pero nunca la ha usado. La herramienta existe, pero solo como amenaza vacía: demasiado lenta, demasiado condicionada por vetos internos y demasiado limitada por el miedo de algunos Estados —especialmente Alemania— a una escalada que afecte sus exportaciones.

Trump ya ha cruzado la línea. La coerción está en marcha. Europa, si quiere conservar autonomía estratégica, debe demostrar que está dispuesta a responder. La disuasión solo funciona cuando la amenaza de represalia es creíble. Hoy, para la Unión Europea, el desafío no es diseñar nuevas herramientas, sino encontrar la voluntad política para usarlas.

Trump pacta con la OTAN Acuerdo por Groenlandia

El presidente estadounidense Donald Trump anunció en Davos un acuerdo preliminar con la OTAN que desactiva su amenaza de imponer aranceles a países europeos para presionar sobre Groenlandia. Aseguró que el entendimiento abre una vía diplomática para atender la disputa territorial y estabilizar los mercados, afectados por semanas de declaraciones confrontativas.

El mandatario explicó que el marco de negociación surgió tras reunirse con el secretario general de la alianza, Mark Rutte. Señaló que Groenlandia es clave para la seguridad occidental frente a China y Rusia, y sostuvo que el objetivo compartido es evitar una presencia estratégica adversa en la región ártica. Por ello anunció la suspensión de aranceles programados para febrero.

Voceros de la OTAN confirmaron que los países aliados del Ártico reforzarán su cooperación. En paralelo, la Unión Europea pausó su agenda comercial con Washington. Trump descartó emplear la fuerza y pidió negociaciones inmediatas, mientras Dinamarca mantiene su rechazo a cualquier transferencia de soberanía.

Reino Unido desafía presión Tensión por Groenlandia

El primer ministro británico Keir Starmer acusó a Donald Trump de presionarlo para modificar la postura del Reino Unido sobre Groenlandia. Durante una sesión parlamentaria, afirmó que Londres no cederá ante amenazas externas y defenderá el principio de que la isla pertenece a sus habitantes y a Dinamarca soberana histórica.

Starmer sostuvo que los comentarios de Trump sobre el acuerdo de las islas Chagos tuvieron como objetivo aumentar la presión política. Además, anunció una reunión en Londres con la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, en medio de crecientes tensiones diplomáticas y advertencias estadounidenses sobre aranceles y posibles medidas coercitivas futuras.

El líder laborista subrayó que el futuro de Groenlandia debe decidirse sin coerción económica ni militar. Mientras tanto, Trump mantiene su postura expansionista y no descarta el uso de la fuerza. La controversia ha profundizado divisiones entre aliados occidentales y plantea un nuevo desafío para la cohesión transatlántica actual global.

UE advierte respuesta firme Tensión por Groenlandia

La Unión Europea anticipó una respuesta firme ante las presiones del presidente Donald Trump sobre Groenlandia. En Davos, Ursula von der Leyen afirmó que la relación con Estados Unidos sigue basada en la amistad y la alianza, pero advirtió que cualquier intento anexionista recibirá una reacción unida y proporcional común.

La presidenta de la Comisión Europea sostuvo que escalar el conflicto solo beneficiaría a adversarios estratégicos. Por ello, insistió en combinar firmeza con diálogo. Mientras tanto, líderes europeos evalúan el escenario antes de encuentros previstos con Trump en el Foro Económico Mundial y una posible cumbre del G7 en París.

En paralelo, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ofreció mediar para reducir tensiones. Sin embargo, mensajes filtrados revelaron enfoques divergentes entre aliados. Francia reiteró la defensa de la soberanía danesa, mientras Dinamarca llamó a mantener abiertas todas las opciones diplomáticas, sin descartar respuestas coordinadas dentro de la Unión.

Europa exhibe vulnerabilidad estratégica ante presiones de Washington

Los acontecimientos en torno al futuro de Groenlandia y la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela han revelado una alarmante lentitud de respuesta en la Unión Europea, así como la ausencia de una postura común. La crisis ha puesto en evidencia fisuras internas que comienzan a manifestarse públicamente en Bruselas, donde incluso altos mandos de la Comisión Europea expresan desacuerdo sobre el rumbo estratégico del bloque. La vicepresidenta Teresa Ribera pidió “no seguir en silencio” y urgió a “plantar cara” ante la escalada de presiones estadounidenses, un mensaje leído como advertencia a la inacción de Ursula von der Leyen, cada vez más ausente del debate público.

Algunas capitales europeas también han marcado distancia. El primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, exigió la destitución de la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, por la falta de reacción ante los acontecimientos en Venezuela. A ello se suman nuevas tensiones por el millonario paquete de préstamos para Ucrania, donde Hungría, Chequia y Eslovaquia se negaron a aportar recursos, evidenciando el desgaste del consenso europeo y la creciente fatiga frente a la prolongada guerra en el este.

En medio de esta fragmentación, Bruselas intenta proyectar apoyo a Dinamarca, que enfrenta un escenario inédito: un territorio OTAN amenazado por Washington sin que la Alianza Atlántica pueda activar mecanismos de defensa. Alemania, Francia, Suecia y otros países han enviado efectivos militares a Groenlandia, aunque de manera limitada y sin capacidad de disuasión real. Al mismo tiempo, la Comisión Europea ha propuesto destinar 200 millones de euros en apoyo a este territorio ártico, un gesto insuficiente ante la magnitud de la crisis.

Para diversos analistas europeos, el problema no radica en una agresión reciente, sino en un patrón prolongado: la UE se encuentra debilitada tras décadas de subordinación estratégica a Estados Unidos y sin una política de defensa propia capaz de equilibrar la relación. La ruptura del diálogo con Rusia, que históricamente funcionó como contrapeso, dejó al bloque sin alternativas reales para diversificar alianzas o reforzar su autonomía. La consecuencia es una Europa que debe responder a desafíos geopolíticos crecientes con herramientas limitadas y sin una visión común.

A estas tensiones se suma el impacto del conflicto en Ucrania, que ha dejado a varios países europeos con arsenales exhaustos. Dinamarca, por ejemplo, figura entre los mayores donadores de armamento a Kiev, comprometiendo su capacidad defensiva en un momento crítico. La paradoja es evidente: un continente que se definía como potencia normativa enfrenta ahora una crisis de seguridad sin precedentes y con recursos mermados por decisiones alineadas al interés estadounidense.

En Bruselas se reconoce que el vínculo transatlántico atraviesa su momento más frágil en décadas. La expectativa gira ahora hacia las elecciones de medio término en Estados Unidos, donde podría definirse si la relación se recompone o si la fractura se profundiza. Entretanto, la UE enfrenta el reto de reconstruir liderazgo, cohesión interna y credibilidad estratégica antes de que la crisis la rebase por completo.

Groenlandia no está en venta Europa respalda a Dinamarca

Francia, España y Dinamarca reiteraron que Groenlandia no está en venta frente a advertencias de Estados Unidos. Autoridades europeas defendieron la integridad territorial de la isla y pidieron frenar intimidaciones. París subrayó que ya no rigen lógicas coloniales y expresó solidaridad plena con Copenhague ante presiones diplomáticas recientes internacionales actuales.

Dinamarca advirtió que sus fuerzas armadas responderán de inmediato ante cualquier intento de invasión, conforme a reglas vigentes. El mensaje elevó la tensión ártica. Francia y España cuestionaron un enfoque neocolonial, mientras Londres dialogó con Washington sobre seguridad euroatlántica y disuasión regional estratégica compartida entre aliados occidentales actuales clave hoy.

Desde Washington, el vicepresidente J.D. Vance pidió a Europa tomar en serio a Donald Trump y reforzar la seguridad del territorio. La Comisión Europea sostuvo que Estados Unidos sigue siendo socio estratégico y expresó disposición a cooperar, pese a desacuerdos, en intereses comunes compartidos y estabilidad regional futura conjunta sostenible.