El haiku: la sensación condensada en tres líneas Instante y eternidad en tres versos
El haiku nació como estrofa inicial del renga y, con Masaoka Shiki, se consolidó como poema autónomo: tres versos breves (5-7-5 sílabas) y un kigo que remite a la estación. Su aparente sencillez esconde una condensación radical de sensibilidad: un estanque viejo, el salto de una rana, el ruido del agua en Bashō; unas flores de cresta de gallo contadas desde la cama en Shiki. La cesura o kire divide y potencia la emoción, dejando espacio al silencio.
El género se alimenta tanto de lo natural como de lo efímero, haciendo de la percepción instantánea una vía de revelación. Desde su origen como saludo en reuniones poéticas hasta su globalización actual, el haiku ha sido un territorio de libertad frente a las constricciones formales del waka.
En su brevedad cabe la amplitud del mundo: un golpe de agua, una flor roja, la respiración de quien observa. Esa tensión entre fugacidad y eternidad convierte al haiku en un arte universal, capaz de sobrevivir a culturas, lenguas y siglos, recordándonos que la poesía empieza en la atención al detalle más ínfimo.
