En homenaje a Béla Tarr
Para agregarle a la incertidumbre provocada por la locura y decadencia imperial hay que recibir la noticia de la muerte de uno de los grandes cineastas filósofos de nuestra época. Béla Tarr dirigió 18 películas en su vida, relativamente pocas para sus 70 años. Pero dentro de sus películas se encuentran varias que marcan una visión profunda, pero desencantada de la naturaleza humana. Varias de ellas fueron realizadas con base a novelas o guiones del recientemente laureado premio Nobel de literatura László Krasznahorkai.
Dos películas de este director sobresalen en mi memoria. La primera es El caballo de Turín (2011), que es un film basado en la célebre anécdota de Nietzsche en la cual, después de defender a un caballo que está siendo azotado, pierde la razón o la conexión con este mundo y es llevado a casa de su madre en la cual emite sus últimas palabras “Madre, soy un tonto”. La película parte de este momento en donde la mente de uno de los pensadores más incomprendidos e iconoclasta que hayan existido se pierde.
La película no especulará tanto sobre Nietzsche sino sobre la relación hombre y el animal. La entrada a de esta película es algo extraordinario, un prolongado travelingen donde vemos al supuesto caballo y su jinete y una vieja carroza atravesar un camino seco y polvoso. Pero la imagen, en blanco y negro, no parece estar tan interesada sobre el cochero sino sobre el caballo: su poderío, su sufrimiento, su estar atrapado y controlado por la violencia humana. Una escena en donde la imagen, el sonido y una música minimalista nos sumerge en un viaje sensible a la vez que reflexivo.
El punto de partida de la película que es la anécdota sobre Nietzsche es importante pues se plantea como una metáfora que se pregunta por las causas de la desconexión del mundo de un filósofo amante de la vida, el cuerpo y un profundo crítico del humanismo, el cristianismo y nuestra infundada fe en la razón nuestra superioridad sobre todo lo animal. ¿Ya no soportó más luchar contra ese mundo humano y decidió abandonarlo, por qué abrazar al animal que estaba siendo brutalmente golpeado, es una expresión de su dolor ante lo lejano que estamos de nuestras raíces vitales y una pregunta por la razón por la cual hemos desatado nuestra furia incontrolable sobre el mundo?
Béla Tarr parece seguir preguntándose algo similar a través de rastrear la vida de ese cochero que muestra su frustración por su vida humana reducida a una sobrevivencia sin sentido. ¿Es su vida vivible? La pérdida de la obediencia de su caballo implica la pérdida de su sustento económico. Es el inicio de una muerte que corre en paralelo a la destrucción de su medio ambiente. Un hombre y su escasa familia solo esperando el final, una muerte por inanición, sin poder moverse, solo esperando su caída y la del mundo a través de una única y pequeña ventana.
El resto de la película es sobre la lucha de ese cochero por sobrevivir, junto con su hija, en medio de una naturaleza hostil y la extrema pobreza. El caballo después de su llegada se niega a volver a salir de su establo. La vida de este cochero, que descubrimos es manco, está acompañada por su hija quien le viste y le desviste y prepara los alimentos que son exclusivamente papas cocidas. No hay pan, no hay vino, solo una casa y un hogar que calienta la casa y los alimentos. Afuera no hay más que un paisaje inhóspito que se refleja en un sonido constante del aire. Afuera no hay verdor, hay grisura y un pozo de agua que pronto se secará. Es una película prácticamente sin diálogos excepto por una visita que lleva aguardiente al cochero, la cual es enigmática y lúgubre:
“Bernhard (el visitante):¿Por qué no fuiste al pueblo? El viento lo arrasó todo.
Ohlsdorfer (el cochero): ¿Cómo es eso?
Bernhard: Se ha ido a la ruina.
Ohlsdorfer:¿Por qué se arruinaría?
Bernhard: Porque todo está en ruinas, todo está degradado, pero podría decir que Ellos arruinaron y degradaron todo. Porque no es este un tipo de cataclismo que viene con la así llamada ayuda humana inocente. Al contrario, es por el propio juicio del hombre, su propio juicio sobre su propio ser, en el cual, por supuesto, Dios tiene una mano, o, me atrevo a decir, participa. Y con independencia de su participación el hombre es la criatura más horrible que puedas imaginar. Porque, tú ves que el mundo ha sido envilecido.
Así que no importa lo que yo diga, porque todo ha sido degradado desde que Ellos lo han adquirido y a partir de que han adquirido todo, en una pelea engañosa y deshonesta, lo han envilecido todo. Porque todo lo que tocan, y todo lo tocan, lo degradan. Este era el camino hasta la victoria final, hasta el desenlace triunfal. Comprar, degradar, degradar, comprar. O puedo elegir otras palabras si lo deseas tocar, degradar y entonces, comprar, o tocar, comprar y, de ese modo, degradar.
Así ha sido por siglos. Y sigue, sigue y sigue. Esto y sólo esto, a veces con disimulo, a veces con dureza, a veces amablemente, a veces brutalmente, pero sigue y sigue.
Eso sí, solo de una forma, como ratas atacando en emboscada. Porque para su victoria incondicional ha sido esencial que los otros, pensaran que todo lo que es excelente, noble y sublime no debería participar en ningún tipo de lucha. No debería haber ningún tipo de forcejeos, sólo la repentina desaparición de una parte, es decir, la desaparición de todo lo excelente, noble y sublime.
Así que ahora, estos victoriosos campeones, que atacan de emboscada, gobiernan la tierra, y no hay ni el más mínimo rincón donde uno pueda esconder algo de ellos, porque se apropian de todo aquello en que puedan poner sus manos. Incluso cosas que pensamos que no pueden alcanzar -pero que si alcanzan- son también suyas, porque es suyo ya el cielo y todos nuestros sueños. Suyo es el momento, la naturaleza, el silencio eterno. Incluso la inmortalidad es suya, ¿entiendes?
¡Todo, todo está perdido para siempre! Y aquellos muchos nobles, excelentes y sublimes, sólo les tocó la suerte de estar en esa posición, por así decirlo. Les tocó esa posición, y tuvieron que comprender, y tuvieron que aceptar que no hay Dios ni dioses.
Y el excelente, el sublime y el noble tenía que entender y aceptar esto desde el principio. Pero, por supuesto, no fueron realmente capaces de comprenderlo. Lo creyeron y lo aceptaron, pero no lo comprendieron. Sólo permanecieron en su posición, perplejos pero no resignados, hasta que una chispa en sus cerebros, por fin, los iluminó.
Y de repente se dieron cuenta de que no hay Dios ni dioses. De repente, vieron que no hay bien ni mal. Luego vieron y comprendieron que si esto era así, entonces ¡ellos mismos tampoco existían! Ya ves, creo que este puede haber sido el momento en el que podemos decir que quedaron exhaustos y sin fuerzas. Exhaustos y sin fuerzas, como el fuego que dejó de arder en la pradera.
Uno era el eterno perdedor, el otro era el constante ganador. Derrota, victoria, derrota, victoria, y un día -aquí en esta vecindad- tuve que darme cuenta, y me di cuenta, que estaba equivocado, que estaba verdaderamente errado cuando pensaba que nunca ha habido y nunca podrá haber, algún tipo de cambio aquí en la tierra.
Porque, créeme, ahora lo sé, que ese cambio realmente ya se había producido.
Ohlsdorfer: ¡Déjalo ya! Eso son disparates.”
Otra película de Tarr también escrita por Krasznahorkai (un guión suyo basado en su novela “Melancolía de la resistencia”) es Armonías de Werckmeister (2000). El escenario es un pequeño y helado pueblo de Hungría al cual llega un extraño espectáculo cuya atracción principal es una ballena que se encuentra dentro de una caja de un tráiler y un personaje misterioso llamado “El príncipe”. Con una fotografía igualmente en blanco y negro rastrea a un personaje llamado János Valuska que es la vez ingenuo y una especie de poeta y soñador.
La escena de inicio es igualmente importante e imponente y marca el tono de esta película. Un bar donde los hombres se reúnen a beber hasta perder casi la conciencia y en donde János realiza una coreografía con estos hombres medio borrachos. Los hace representar al sistema solar con el sol en el centro y a la Tierra girando a su derredor y a la luna a su vez girando sobre ella:
János Valuska les dice a los hombres: “Eres el sol. El sol no se mueve, esto es lo que hace. Eres la Tierra. La Tierra está aquí para empezar, y luego gira alrededor del sol. Y ahora, tendremos una explicación sobre la inmortalidad que la gente sencilla como nosotros también puede entender. Solo te pido que me acompañes a la inmensidad, donde reinan la constancia, la quietud y la paz, el vacío infinito. E imagina que, en este infinito silencio sonoro, todo es una oscuridad impenetrable.”
Y continúa con una descripción libre de un eclipse solar hablando a la vez que moviendo los cuerpos de las personas haciéndolos girar sobre el sol y sobre sí mismos y concluye diciendo:
“[…] Y entonces… Silencio completo. Todo lo que vive está quieto. ¿Se marcharán las colinas? ¿Caerá el cielo sobre nosotros? ¿Se abrirá la Tierra bajo nuestros pies? No lo sabemos. No lo sabemos, pues nos ha sobrevenido un eclipse total… Pero… pero no hay por qué temer. Esto no ha terminado. Porque a través de la esfera brillante del sol, lentamente, la Luna se aleja. Y el sol vuelve a brotar, y a la Tierra lentamente vuelve la luz, y el calor la inunda de nuevo. Una profunda emoción los invade a todos. Han escapado del peso de la oscuridad.”
Este personaje liga a diferentes personajes y espacios del pueblo que es conmovido por la presencia extraña de ese gran cuerpo de ballena. Está viva o muerta no queda claro si es su presencia mítica la que resalta. La plaza principal está llena no solo de los locales sino de personas de otros pueblos cuyo número crece poco a poco lo cual provoca en los habitantes del pueblo no solo expectación sino animadversión ante los extraños que siguen el espectáculo.
El leviatán, la ballena como el monstruo perturbador sale del mar y se sitúa en medio de una sociedad que bien puede realizar una danza mágica sobre el universo y el sistema solar o devenir en violencia. Béla Tarr nuevamente reflexiona sobre lo humano su sociedad y se relación ambigua con lo extraordinario, aunque prevalece una visión oscura sobre este devenir en el que la violencia y la muerte hacen de lo humano un proyecto sin salida y sin felicidad o alegría como quería Spinoza.
La película también gira ante la figura de Andreas Werckmeister que fue un músico, organista y sobre todo teórico musical cuyas investigaciones principales fueron las armonías y famoso por sus “temperamentos” que es es un sistema de afinación. Un personaje que es cuidado y visitado por Janos es György Eszter que es también un músico y estudioso de la música que resulta ser un personaje líder dentro de la comunidad y que en una escena reflexiona sobre la armonía rota no solo en la música sino en el entramado humano.
Reflexiona Eszter: ” Aquí debemos reconocer que hubo épocas más afortunadas que la nuestra, las de Pitágoras y Aristóxenes, cuando nuestros antepasados se conformaban con que sus instrumentos de afinación pura se tocaran solo en algunos tonos, porque no les atormentaban las dudas, pues sabían que las armonías celestiales eran dominio de los dioses. Más tarde, todo esto no fue suficiente; la arrogancia desquiciada quiso apoderarse de todas las armonías de los dioses.”
Esperemos que su muerte temprana lleve a que sus películas sean exhibidas y a crear una esperanza en públicos capaces de apreciar este tipo de cine cuyas referencias cercanas serían Andréi Tarkovski y Aleksandr Sokúrov.

