Arte minimalista: geometría pura, materia y contemplación
A mediados del siglo XX, el minimalismo emergió como una estética del silencio. Frente a la agitación del expresionismo abstracto, esta corriente propuso una pausa: líneas puras, formas geométricas, superficies desnudas que invitan a la contemplación. El arte ya no gritaba, susurraba desde lo esencial.
David Burlyuk acuñó el término en 1929, pero fue en los años 60 cuando artistas como Sol LeWitt, Agnes Martin o Donald Judd formalizaron esta poética. Rechazaban lo emocional para explorar lo espacial. Sus obras no representaban: eran. Hierro, acrílico, luz, vacío… todo cobraba densidad desde lo mínimo.
Más que un estilo, el minimalismo es una ética visual. Su supuesta frialdad esconde una provocación: ¿puede lo austero conmover? En tiempos saturados de estímulo y ruido, su radicalidad sigue vigente. Porque en esa reducción obstinada hay un gesto profundo: devolver al arte su capacidad de estar, sin más, como quien respira con absoluta conciencia.



