lun. Jul 6th, 2026

Guardia Nacional refuerza perfil militar

La reciente reforma a la Guardia Nacional, aprobada por Morena y aliados, transforma su estructura al alinearla con la del Ejército. Entre los cambios destacan la autorización para realizar operaciones encubiertas, el uso de identidades simuladas y la posibilidad de intervenir comunicaciones, bajo orden judicial. La promesa original de un mando civil parece desdibujarse.

Los partidos de oposición alertaron sobre un riesgo de militarización, recordando que la Suprema Corte ya había restringido estas funciones en 2023 por posibles violaciones a derechos humanos. La reforma también permite que miembros de la Guardia compitan por cargos públicos, lo que abre el debate sobre la politización de fuerzas armadas.

Aunque Morena insiste en que la estrategia responde a un modelo civil, el mando operativo quedará en manos de Sedena, y el comandante será propuesto por su titular. A esto se suma que la nueva ley permite a la Guardia intervenir en delitos ambientales, ampliar sus tareas e integrar formación con enfoque de género y derechos humanos.

Más allá de los detalles técnicos, el fondo de esta reforma exige una discusión amplia. ¿Qué implica darle atribuciones militares a una institución con tareas civiles? ¿Cómo se equilibra seguridad con libertades? La participación ciudadana y el seguimiento crítico a estas decisiones son indispensables para evitar que el control se normalice sin transparencia ni consenso social.

Gobiernos estatales recortan gasto en salud

Durante 2024, los gobiernos estatales redujeron en conjunto más de 8 mil millones de pesos al sector salud, uno de los más críticos para la población. Paradójicamente, en el mismo año duplicaron el gasto en comunicación y promoción oficial. La diferencia en prioridades públicas es clara, y también alarmante.

Con un presupuesto global que superó los 3 billones de pesos, los estados tuvieron margen para decidir. Sin embargo, se destinó más dinero a campañas de imagen que al mantenimiento o mejora de hospitales. En al menos cinco entidades, el aumento en propaganda fue superior al mil por ciento respecto a lo aprobado originalmente.

Además, el pago de deuda superó a la inversión en obra pública, con más de 160 mil millones de pesos destinados al servicio de pasivos. Mientras tanto, las promesas de infraestructura se diluyen entre compromisos financieros crecientes y decisiones opacas que poco responden a necesidades ciudadanas urgentes.

Hoy la pregunta no es cuánto gastan los gobiernos, sino en qué y por qué. La salud quedó rezagada, y no por falta de recursos, sino por decisiones políticas. Como ciudadanía, urge mirar de cerca los presupuestos estatales, exigir prioridades claras y participar en la discusión sobre lo que realmente necesitamos.

Sheinbaum anuncia posible reforma al INE

Desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum abrió la puerta a una reforma electoral que, según dijo, se presentará “en su momento”. La propuesta surge luego de acusar al INE de “extralimitarse” por opinar sobre votos presuntamente inválidos en la reciente elección judicial, atribución que, subrayó, corresponde al Tribunal Electoral.

Además del conflicto de atribuciones, la mandataria cuestionó el actuar político de algunos consejeros, al considerar que no buscan defender la voluntad popular, sino frenar decisiones de la llamada Cuarta Transformación. Según Sheinbaum, hay una actitud sistemática de rechazo a toda acción gubernamental por parte de ciertos integrantes del órgano electoral.

La presidenta adelantó que la reforma también abordaría el gasto del INE y de los partidos políticos. Criticó el modelo de representación proporcional, es decir, los llamados “pluris”, al considerar que distorsionan la voluntad popular y alimentan una élite política desconectada de la ciudadanía. Esto, dijo, dará tema a los “comentócratas”.

Este nuevo intento de modificar las reglas del juego político reactiva un debate de alto voltaje: ¿debe el árbitro electoral ser reformado por quien ostenta el poder? La sociedad civil, los partidos y especialistas ya anticipan una discusión intensa. En este escenario, la participación pública será clave para legitimar —o frenar— cualquier cambio. ¿Reforma necesaria o ataque a la autonomía? El debate apenas comienza.

¿El fin de la globalización o una nueva guerra fría?

El año 2025 ha sido especialmente intenso en materia económica y política internacional. Entre los principales protagonistas figuran el nuevo presidente de Estados Unidos, China, Ucrania, Israel, Irán, Rusia y, por supuesto, el sistema financiero global.

Una lección que este año ha dejado clara —aunque ya lo intuíamos— es la profunda dependencia de la economía mundial respecto a las decisiones de política económica de Estados Unidos. Esto incluye, en particular, su política monetaria, que afecta directamente la inflación y el crecimiento tanto de su propia economía como de la global.

(Tip: tasas altas implican menor crecimiento y menor inflación; tasas bajas estimulan el crecimiento, pero presionan al alza los precios).

Este nuevo panorama comenzó con la intensificación de la guerra comercial con China y, ahora, prácticamente con todos los países del mundo. Esta ofensiva amenaza con modificar los niveles de inflación en EE. UU., alterar flujos comerciales y desarticular las complejas cadenas globales de producción.

Las amenazas de nuevos aranceles —que van y vienen— han provocado inestabilidad económica global, afectando sectores profundamente integrados, como la industria automotriz. Esta estrategia ha puesto en entredicho las que parecían reglas estables del sistema económico global liderado por Estados Unidos.

Pero detrás de esta aparente irracionalidad hay un problema estructural: la gigantesca deuda pública de EE. UU., que depende del financiamiento a través de bonos. De ahí la insistente —casi desesperada— presión de Trump sobre la Reserva Federal para que baje las tasas de interés, en un intento por aliviar la carga financiera del gobierno.

Este conflicto ha desatado una batalla interna entre las grandes corporaciones financieras y las políticas nacionalistas que buscan frenar una globalización que ha empobrecido a la clase media blanca estadounidense. Y es ahí donde se libra la verdadera disputa.

Mantener tasas altas es una forma de advertencia: los inversionistas no comprarán deuda si no se estabiliza la política económica, hoy marcada por aranceles y proteccionismo. Las estrategias en juego —reducir el déficit comercial, abaratar el financiamiento e incluso inducir una recesión— buscan contener el creciente déficit fiscal.
Pero no es lo mismo imponer condiciones políticas y comerciales a un país como México que negociar con Wall Street o con las propias empresas estadounidenses. La economía de EE. UU. está profundamente entrelazada con el mundo, producto de los principios fundacionales del capitalismo: eficiencia y reducción de costos.

Esto se logra ya sea mediante tecnología, bajos salarios o relocalización (off-shoring) en zonas con menos regulación o mejor infraestructura logística. Obligar al regreso de las fábricas a suelo estadounidense implicaría transformar el capitalismo en una especie de economía planificada.

Más cercana al socialismo de Estado. Pedirle a un capitalista que renuncie a la eficiencia es como pedirle a un tiburón que se vuelva vegetariano: simplemente no va a ocurrir. Como decía el pensador Mark Fisher, si el capitalismo colapsa, será por una crisis ecológica… o por la locura desatada de una nueva guerra entre potencias.

Y mientras tanto, el panorama global se complica aún más: tensiones entre EE. UU. y Europa, con Ucrania y la OTAN como telón de fondo; una guerra económica e ideológica con China y su creciente poder; el conflicto persistente con Rusia.

El genocidio en Gaza, bombardeos en Líbano y Siria por parte de Israel con apoyo incondicional occidental; y ahora un nuevo foco de tensión con Irán. A esto se suma el impacto incierto de la inteligencia artificial: mayor productividad, sí, pero también despidos masivos y desempleo estructural.

En resumen, los recientes giros políticos y económicos en EE. UU. no han traído estabilidad global, ni beneficios tangibles para su propia población. El escenario es tan incierto que resulta imposible anticipar cómo se resolverá.

Entre los escenarios más preocupantes están una crisis de deuda del gobierno estadounidense, el estallido de la burbuja financiera internacional —con mercados claramente sobrevalorados— y sus inevitables consecuencias sociales. En fin, una guerra fría en el corazón del capitalismo: un monstruo que se congela a sí mismo.

La estética del consumo y el consumo de lo estético

Desde hace mucho sabemos que no hay poder sin su revestimiento estético, incluso en la guerra: uniformes, banderas, máquinas de guerra (aquellas que tanto le gustaba diseñar a Leonardo da Vinci). Sin embargo, a lo largo del siglo XX, hemos presenciado un claro desplazamiento de la estética del poder, antaño ligada a la identidad y la nación (de las cuales los estados eran máximos representantes y depositarios), hacia una estética de la mercancía, del consumo.

Y para ello ya no necesitamos Miguel Ángeles o Caravaggios que esteticen el poder; ahora necesitamos marketing, diseñadores, medios masivos de comunicación y programadores de redes sociales. Este desplazamiento redefine no solo cómo consumimos, sino también cómo percibimos el poder y la realidad misma. Esta nueva estética no es una mera extensión de la antigua estética del poder; por el contrario, está intrínsecamente ligada a la técnica y, más aún, a la fragmentación y el cálculo.

Pero, ¿por qué el capitalismo requiere esta nueva forma estética? Porque, a diferencia de la vieja estética —arraigada en lo único, la tradición y lo que perdura—, el núcleo del capitalismo es lo efímero transformado en un flujo interminable, una estética de la banda sin fin propia del sistema fordista de producción en masa. Hoy, no solo autos o planchas desfilan en esa banda sin fin; también lo hacen imágenes, textos cortos y audios mínimos.

Sin embargo, a diferencia de la vieja repetición capitalista, la nueva tecnología informática posibilita la producción en masa y sin repetición de mercancías estéticas. En la fila no hay dos cosas idénticas, sino el último reducto de la novedad: la fragmentación. La imagen o el audio que hace cola en el flujo digital es diferente al anterior. Y con cada fragmento diariamente recibimos minúsculas inyecciones de novedad, adrenalina, terror, miedo, amor, gatos, playas paradisíacas, lugares exóticos, odios y desastres de todo tipo.

La estética, convertida en mercancía, se consume de igual manera que un helado o un celular. Pero esta estética, como bien lo advirtieron los pensadores de la Escuela de Frankfurt, Benjamin y Adorno-Horkheimer, al mismo tiempo que nos seduce, nos adiestra pulsional y socialmente a la parte física del consumo y a su correspondiente correlato laboral: el sacrificio de horas de trabajo para pagar los imparables flujos de mercancías físicas e intangibles.

En ese salto estético, perdimos conexión con lo singular que es una experiencia sensible y corporal con los otros; perdimos la capacidad de crear comunidades estéticas y, por tanto, de pensamiento. La sociedad está alienada de sí misma, nos dicen Adorno y Horkheimer, vertida en la seducción del flujo que produce nuestra tecnología. ¿Y el arte? Pues después de un siglo de estrategias estéticas para despertar a los sujetos y hacerlos sentir la necesidad de hacer política, se encuentra perdido y atrapado en el mundo del mercado del arte (galerías, museos, ferias) y en las instituciones estatales.

Los cuales son espacios regulados y literalmente marginales dentro del campo cultural. El poder estético que despliegan las viejas estéticas ideológicas como el cine y la televisión son ahora solo una parte del inmenso repertorio estético del poder del dato y la tecnología digital, cuyo fin es avasallar estéticamente a los sujetos, convirtiéndolos en sujetos homogéneos globales a quienes pronto, por cierto, también les quitará su trabajo.

La grieta de la esperanza
Pero no todo está perdido, pues el arte y las expresiones críticas pueden infiltrar lo que Bernard Stiegler denomina “miseria simbólica”, generando nuevos símbolos complejos y dinámicos que posibiliten salir del aislamiento, que creen una estética netamente política que empodere a los sujetos. Son obras que entienden que estamos en medio de una guerra simbólica y que la estética no es algo que producen los artistas a través de sus obras, sino que es parte insustituible de nuestro ser, de nuestro cuerpo y de la sociedad.

Un ejemplo contemporáneo en el campo del arte es la obra de Doris Salcedo, Shibboleth, con la cual abrió literalmente una grieta en el símbolo del arte contemporáneo imperial londinense. Una grieta falsa, y por ello simbólica, que busca representar la separación entre los civilizados y los “otros”, entre los que van adelante y los atrasados.

Esta grieta distingue y marginaliza todo lo que la cultura eurocéntrica ha considerado semi-humano, todo lo que dentro de la cultura occidental es considerado no-igual, no-homogéneo: desde cuerpos hasta género, razas e ideas. Hoy su obra fue tapada, pero no totalmente invisibilizada; una huella, una cicatriz simbólica ha quedado, algo que no puede ser borrado y, por tanto, puede ser comunicado como posibilidad de cambio de conciencia. Ese es el poder liberador del arte.

Delegado del Bienestar, lujo sin freno

En solo ocho semanas, Américo Villarreal realizó 25 vuelos privados, con un costo mínimo que rebasa los 790 mil pesos. Aunque dice vivir de su sueldo de servidor público, su ritmo de viaje sugiere acceso a recursos y redes que no aparecen en su declaración patrimonial. La incongruencia es evidente: predican austeridad, pero practican privilegio.

El uso de un avión privado propiedad de una empresa que oficialmente “no renta aeronaves” pone en entredicho no solo la ética, sino también la legalidad del vínculo. Mientras la cúpula de Morena rechaza públicamente el uso de helicópteros y escoltas, Villarreal opera en el aire y en tierra con lógica de funcionario blindado.

La narrativa del “gobierno que no roba y vive como el pueblo” se estrella al comparar bitácoras de vuelo con publicaciones en redes sociales: actos oficiales, encuentros familiares, y hasta asambleas partidistas son parte del itinerario del Cessna 340A. Todo, mientras se niega su uso desde las oficinas locales.

El contraste es brutal: mientras los programas sociales se operan con recursos limitados, su principal delegado vuela como alto ejecutivo. A este ritmo, no es la pobreza lo que se erradica desde Bienestar, sino el pudor de quienes repiten un discurso que no pisan ni en la pista de aterrizaje.

¿Tercera Guerra Mundial en puerta?

El bombardeo israelí contra Teherán no responde a un ataque previo de Irán, sino a una estrategia agresiva de distracción y control. Según Basallote Marín, Israel busca justificar la ofensiva como “preventiva”, pero en realidad se trata de una acción unilateral que rompe cualquier principio de proporcionalidad.

El ataque llega justo cuando Irán y Estados Unidos iniciaban una nueva ronda de negociaciones nucleares. Su interrupción no fue accidental: busca impedir cualquier acercamiento entre Washington y Teherán que reduzca la influencia regional de Israel. Netanyahu aprovecha el momento para mostrar fuerza externa y encubrir crisis internas.

Dentro de Israel, la ofensiva funciona como válvula de presión para mantener unidas las facciones más extremas del gobierno. Al complacer a sus aliados radicales, el primer ministro refuerza su posición política y dilata los procesos judiciales por corrupción que lo amenazan desde hace años.

Finalmente, el bombardeo sobre Irán desplazó del foco mediático el apagón total en Gaza. El uso calculado del conflicto externo no solo desvía la atención: también reafirma una narrativa de “autodefensa” que encubre la represión continua sobre el pueblo palestino. El costo real lo siguen pagando los inocentes.

Orel Morales: primer policía trans que llegó para desafiar estigmas

Orel Morales es el primer policía trans reconocido oficialmente en la CDMX. Tras su transición en 2023, continuó su labor en la Policía Bancaria e Industrial con apoyo institucional y respeto de sus colegas. Su caso representa una excepción en un entorno históricamente conservador, donde pocas personas LGBT+ logran visibilidad sin enfrentar represalias o discriminación directa.

Este hecho abre una discusión urgente: ¿qué tan preparadas están nuestras instituciones para incorporar identidades diversas sin depender del azar o la buena voluntad? La experiencia de Orel fue posible por coincidencias afortunadas, no por protocolos claros ni políticas sólidas. El respeto a su identidad fue una decisión individual, no una norma garantizada.

El reconocimiento a Orel, aunque valioso, corre el riesgo de convertirse en una anécdota si no se traduce en cambios estructurales. La inclusión no debe depender del heroísmo personal ni del contexto excepcional. Se requiere capacitación institucional, rutas seguras para la transición y mecanismos contra la discriminación.

Mientras tanto, Orel se convierte en símbolo involuntario de algo más profundo: la posibilidad de habitar espacios públicos desde la autenticidad. Su caso no solo inspira, también cuestiona: ¿cuántas historias similares no pudieron contarse? El reto ahora es que la suya no sea la única.

“Despacio el mundo”, la necesidad de lentitud y de tiempo para pensar…

“Un espíritu en calma lo oye todo, lo entiende todo”, es el fragmento de texto con el que Ramón Andrés comienza una reflexión que intenta conceder valor al ir despacio frente al imperio de la inmediatez, y con la que procura hacer tiempo para pensar el mundo mientras la realidad se transforma en un devenir mecánico con la misión de lo útil. Detenerse en la medida de lo posible para actuar y pensar, para intentar caminar por lugares no establecidos lejanos de toda obediencia capitalista, es lo que nos regala “Despacio el Mundo” con el afán de producir una especie de quietud que acoja el silencio y la posibilidad de descubrirnos a nosotros mismos.

Ramón Andrés, quién teje este texto a partir de un entramado pictórico-filosófico desde el cual recorre diferentes obras que conllevan como hilo conductor la figura del músico en un estado de contemplación, nos hace extensiva una invitación a vivir en lentitud con la finalidad de que la existencia no sea asaltada por la precipitación, para de esta forma propiciar el estar inmersos en un sosiego que tome distancia de un actuar ligado a un fin productivo, a la búsqueda de lo pragmático y el determinismo de Occidente. Podríamos decir que el libro está dedicado al gesto de afinar un instrumento, al detener –aunque sea sólo unos instantes– la inercia de una realidad asediada por la prisa y de acoger atmósferas que nos haga ser conscientes del mundo que nos rodea.

El detenernos y mirar, el pensar el entorno, implica ser partícipes del pulso que se establece entre lo fijo y lo móvil del devenir, entre lo efímero y lo inmutable que tarde o temprano implica una mudanza. Entre líneas de este texto podemos encontrar, una motivación a borrar la distancia que nos separa de las cosas y de los individuos, de nuestros pares que cada vez están más distantes por flujos algorítmicos que nos fragmentan y que extienden una soledad bastante pronunciada. Es necesario tomar una pausa para abrir fisuras en lo que parece asentado por esa especie de visión pragmática que jerarquiza el accionar, haciendo que el tiempo y el espacio respondan a un tipo de orden que le da un carácter objetivo a todo, inhibiendo lo lúdico y lo sensible.

A lo largo de las páginas y de sus distintos apartados, “Despacio Mundo” brinda reflexiones que parecen susurros al oído que nos hacen adentrarnos (entre muchos otros contextos) a esos hogares de la región de Flandes para contemplar la calidez de sus interiores, sus rincones y detalles, propiciando el detenernos a mirar y de esta manera formar parte de las tertulias en las que la música es la protagonista. A partir de diferentes lienzos barrocos que escenifican encuentros y en función de los relatos en los que Ramón Andrés nos hace partícipes, podemos darnos cuenta de esa rara virtud que tiene la música de ausentarse de las cronologías, siendo esta característica aquella que el autor retoma para mencionarnos que en la música nada envejece por más que el presente tenga sus dominios y sus absolutos, y que sus notas son la entrada en un territorio donde las horas son suspendidas. Y es en esta suspensión temporal, en esta pausa, en donde podemos entregarnos a un silencio tan poderoso que desmiente el afán de la mente moderna que se piensa hegemónica y en realidad es sólo opulenta.

Podríamos cuestionarnos a nosotros mismos ¿a dónde vamos tan deprisa?, ¿por qué no consentimos detenernos a la contemplación en medio del vaivén cotidiano? Ante esto, Ramón Andrés nos dirá que la realidad es una dueña exigente, que cuenta y cuenta el salario que nos paga por ir aprisa. De ahí que, se haga alusión a ese afán por la llegada de las vacaciones, mismas que responden a la necesidad de treguas. En todas las grandes ciudades del mundo, nos dice Nuccio Ordine que pareciera ser que el humano moderno es la persona apurada que no tiene tiempo y es prisionera de la necesidad, lo que conlleva ese tipo de mirada que fijamos en los objetivos a alcanzar que no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos. Por ello, el retomar ese ritmo lento al que hace hincapié Ramón Andrés, nos permite detenernos en las cosas que no necesariamente nos sirven para algo, que pecan de cualquier vínculo utilitarista pero que nos hacen crecer a través de enriquecer nuestro espíritu, lo cual nos aleja de convertirnos en máquinas sin alma.

Lo valioso de este libro, además de la lucidez con la que está escrito, es la impugnación y la revuelta que intenta propiciar ante aquellos que nos utilizan como combustible de sus máquinas y que nos hipnotizan por medio de un pragmatismo objetivo que ofrece éxito y siempre alberga una finalidad. De aquí que la decisión de vivir despacio, la convicción de buscar esa calma que se aleja del aceleracionismo del mundo capitalista, el mirar un árbol con pausa, el sentir esa brisa de la mañana que avista nuevos comienzos, esos ratos de ocio que conectan lo disperso, el recorrer con lentitud un parque o una calle, es –cómo dirá Ramón Andrés– rendirles tributo, es emprender una revuelta contra la prisa que nos saquea.

Por ello, la decisión de vivir despacio, el arrojo de oponerse a un mundo tratado a empujones, la convicción de la calma, es una ganancia y una posibilidad de agitar los pensamientos. Es importante recuperar la lentitud en los procesos de nuestra vida para reconquistar la atención y el pulso de lo cotidiano. Hay que buscar hacer una pausa en medio de la agitación del mundo, que sea independiente de la capacidad de producir ganancias inmediatas y beneficios prácticos.

Finalmente, dice Ramón Andrés que su libro tiene el olor de la vela que se terminaba de apagar al momento de escribir, esa trenza blanca de humo que impregna su habitación y el texto mismo. En este caso, este texto tiene el olor al café que me acompañó mientras reflexionaba sobre esa necesidad de lentitud y de tiempo que nos desliga de cualquier utilitarismo, y que nos permite pensar el mundo buscando ser más libres, más empáticos y más humanos.

Despacio el Mundo
Ramón Andrés
Barcelona: Acantilado, 2024.

Dos Andys, un solo reflejo

Andy Warhol supo convertir su figura en marca; Andy López Beltrán parece resistirse a ello, aunque termina fortaleciéndola desde la negación. Warhol era explícito en su vanidad; el Andy mexicano ensaya un bajo perfil mediático, pero su nombre resuena en círculos de poder. Ambos, desde su trinchera, entienden el valor de la percepción pública.

La confianza es capital en ambos casos. Warhol nunca se apartaba de su séquito creativo; López Beltrán actúa resguardado por un grupo leal, casi hermético. En ambos, el entorno construye su identidad: el primero como icono estético, el segundo como símbolo del poder heredado.

La narrativa de modestia también los conecta. Warhol fingía desinterés por el mercado mientras lo dominaba. López Beltrán rehúye la política pública, pero influye en decisiones clave. Esa dualidad –ausencia y presencia– es parte del juego: ser y no ser, hablar sin declarar, mandar sin figurar.

Finalmente, el anhelo de trascender los define. Warhol quería ser eterno; López Beltrán busca no ser sólo “el hijo de”. Mientras uno lo hizo desde el brillo plástico del arte, el otro lo intenta desde la penumbra del poder informal. Dos Andys, dos espejos: ambos reflejan los tiempos que los moldearon.