Lo bello o lo armónico o lo simétrico o lo equilibrado están siempre del lado del orden estable. Así la estética como apreciación y elevación de Ciertas Formas con cierto tipo de orden que supuestamente se opone a lo práctico, es solo un tipo de gusto y una imposición: es una construcción simbólico-corporal creada por un cierto grupo dentro de la sociedad que busca, por lo general, de distinción jerárquica. Lo cual es paradójico, pues lo no útil no tiene ninguna finalidad o tal vez tiene aquella extraña finalidad sin fin que hablaba Kant.
Pero este orden y jerarquización de la producción humana y sus formas tan buscada y deseada es en realidad el robo que los odiadores de mundo y los poderosos-pragmáticos le hacen al cuerpo: le intentan robar su conexión con el mundo, es decir, su sensibilidad. Y, a través de esta apropiación violenta, se distinguen los “tipos” de sensibilidad y los “tipos” o clases de humanos. Esto se logra gracias a que la conexión está ahora mediada por un grupo social pequeño, pues controlan que representaciones del mundo (imágenes en primer lugar, sonidos, música, textos) tienen valor social alto o bajo y con qué “tipos” o clases de representaciones.
Nos han obligado a olvidar, dudar y renegar de nuestra conexión directa con el mundo dado que no están a la altura de un cierto orden, de su idea de orden. Y estas representaciones elevadas que requieren una sensibilidad especial y única aman lo que no es el mundo cotidiano: un mundo inaccesible para la mayoría vinculado al poder y la riqueza. Son mundos imposibles, improbables, unidireccionales y que legitiman, es decir, hacen natural al poder con sus abusos y jerarquías. Hacen “naturales” las disminuciones ontológicas de la mayoría de los seres humanos y de los animales. Esta construcción de un mundo ideal abarca todos los campos de actividad humana y se impone también en el viejo mundo-ilusión del arte y, a partir del siglo XX, de los medios de comunicación de masas mecánico-electro-digitales (foto, radio, TV, Internet, IA, mundos virtuales digitales).
Sin embargo, la imaginación que produce estos mundos ideales no son más que torpes representaciones del mundo sensible, del mundo del cuerpo, del mundo-cuerpo. No pueden imaginar, crear otro mundo que no sea una distorsión o “limpieza” del mundo sensible. Este odio empieza cuando la imagen funcional, antes pragmática y constructora de comunidad, se convierte en un signo de lo imposible y la representación ya no es un envío al mundo, sino un envío hacia su mundo distorsionado. La imagen ahora se refiere siempre a otra imagen bajo el control de alguna élite social. Sin embargo, subsiste una paradoja, las representaciones sustitutas del mundo, que hacen alarde de su carácter constructivo formal, también lo han robado del mundo sensible: formas reales como cuerpos, colores, dinámicas, relaciones y estructuras de vínculos. Solo han eliminado lo “feo”, lo “bajo”, lo “inestable”.
Detrás de estas imágenes hay unos seres humanos que se alían cínicamente a quienes rechazan al mundo porque este es doloroso y que ven el máximo dolor en ser temporales. Así los odiadores del mundo y el cuerpo se unen a los pragmáticos explotadores que en su obsesión acumuladora de seguridad (dinero, mercancías) y del poder-hacer que el otro se someta (ese estado de las cosas en donde nadie lo amenaza) establecen estructuras sociales que no desarrollan las capacidades creativas de nadie, incluso de los mismos poderosos. Solo desarrollan la creatividad productiva-utilitaria, son incapaces de jugar.
Por ello, en épocas de dominación masiva y planetaria, la creación se esconde, se realiza en los pliegues, en los intersticios, fuera del barullo. No solo sobrevive, sino que sigue abriendo mundos-interpretaciones y fascinado por el mundo tal cual es, desde lo subatómico, la vida, las sociedades humanas, hasta lo macro como galaxias y el universo en expansión. Y esto, ¿tiene algo que ver con ciertas formas de hacer, con ciertas formas visibles, sonoras, perceptuales en general? Lo que llamamos arte es ahora afortunadamente difuso porque nos dimos cuenta de que las fronteras son o ilusoriamente esencialistas o pragmáticas. Que las fronteras no son el conocimiento, sino la simplificación utilitaria, que los flujos y lo sin barreras no claman conocimiento, sino una sabiduría orientada a la conexión y la acción y creatividad, a la posibilidad abierta y la experimentación del mundo sin seguridades totales.
Así lo que decimos que es arte, que es «buen» arte, que es «bellas» artes está vinculado al «buen» gusto, a la subjetividad de los poderosos que antes odiaban ser imitados y ahora están fascinados con la burda imitación de su burda riqueza, que pretende ser también riqueza cultural y definir lo que debemos apreciar como arte. El concepto de arte y bellas artes, que se fundan principalmente en el XVIII, son parte de la violencia simbólica que ejercen los dominadores sobre los dominados al imponerles sus valores y literalmente sus gustos aplastando su sensibilidad. Estos conceptos se imponen sobre nuestra sensibilidad como la única posible, la única importante y lo hacen de manera burda, brutal, sin refinamiento, sin sensibilidad especial solo como violencia. Dicha sensibilidad se presenta, paradójicamente, a sí misma como la máxima distinción.
Desde esta posición ¿qué papel jugaría la crítica del arte? Pues dependiendo si esta deconstruye el concepto arte o no, el resultado tal vez no buscará hacer sensiblemente elevados a los no refinados, sino a reconocer sus sensibilidades-otras como valiosas. Una especie de arte por todas partes, con un concepto de arte desvinculado de los parámetros clasistas y euro-norteamericano-céntricos. No es meter a Abrahán Cruzvillegas a la Tate, sino hacer de la construcción periférica que él tanto alude un auténtico arte. En donde lo «auténtico» se define por lo sensible y el gusto, no solo contrapuesto al gusto y capricho jerárquico, sino por el simple agrado y por el simple placer y poder de valorar mi mundo, mi espacio, mis formas. No es un juicio universal: es un juicio también de clase y de otredades abiertamente relativistas o, mejor, orgullosamente relativistas.
