El novelista chino Yan Lianke, candidato habitual al Nobel y al Princesa de Asturias, ha levantado una obra que oscila entre el reconocimiento internacional y la censura en su país. Comenzó su trayectoria redactando propaganda para el ejército, pero tras descubrir a los clásicos universales volcó en la literatura una mirada crítica sobre el precio del progreso chino y las heridas de la revolución. Libros como El sueño de la aldea Ding o Duro como el agua lo han convertido en una voz incómoda para el poder, pero imprescindible para comprender las tensiones entre desarrollo y humanidad.
Hoy, a sus 66 años, Yan defiende que el progreso no debe basarse en la destrucción y advierte que la violencia de las revoluciones deja vacíos más hondos que las promesas que plantea. En China, sus textos circulan con restricciones, mientras que fuera de ella se han traducido a más de veinte idiomas. Esa dualidad lo sitúa como un referente que incomoda a las élites locales y fascina a los lectores internacionales.
Su figura refleja la paradoja del creador contemporáneo: censurado en casa, celebrado en el extranjero, capaz de cuestionar las bases del poder desde una narrativa que une sátira, memoria y denuncia social. Yan Lianke recuerda que la literatura puede ser todavía un acto de resistencia cultural, un espacio para imaginar futuros distintos y para desafiar el conformismo que impone la historia oficial.
