Verástegui enfrenta límites dentro del conservadurismo
La figura de Eduardo Verástegui llegó a 2026 inmersa en un torbellino político que redefinió su posición dentro de la derecha mexicana y desdibujó parte de su influencia internacional. Entre el cierre de 2025 y el inicio del año en curso, el fundador del Movimiento Viva México acumuló desencuentros: la ruptura con el presidente argentino Javier Milei, la renuncia a convertir su organización en partido político y una controversia por libertad de expresión que reavivó tensiones con instituciones públicas y con otros actores del conservadurismo.
El primer golpe vino desde el ámbito electoral. Tras no reunir las firmas necesarias para competir como candidato independiente a la Presidencia de México, Verástegui había trasladado su apuesta hacia la conformación de un partido. Sin embargo, el 31 de diciembre anunció su retiro del proceso, alegando que no estaba dispuesto a reproducir prácticas que, a su juicio, alimentaban la corrupción y la simulación en el sistema político. La decisión frenó de manera abrupta su intento de instalarse como fuerza orgánica dentro del tablero partidista nacional.
Mientras ese repliegue tomaba forma en México, otro conflicto mayor estallaba en la arena internacional. La relación de Verástegui con Javier Milei, tejida desde 2022 y convertida en uno de los puentes más visibles entre el conservadurismo mexicano y la derecha radical emergente en América Latina, terminó quebrándose en público. El detonante no fue un diferendo puntual, sino una acumulación de tensiones políticas e ideológicas dentro del propio proyecto libertario argentino.
Milei había construido su ascenso acompañado de Victoria Villarruel, figura central del ala más conservadora de su coalición. Verástegui contribuyó a impulsar esa dupla en foros internacionales, especialmente cuando invitó al entonces diputado argentino a CPAC México 2022, donde lo presentó como “el próximo presidente de Argentina”. Aquel primer espaldarazo abrió la puerta a la proyección global del economista libertario y lo situó, poco después, en el escenario de CPAC Washington junto a figuras de la derecha estadounidense.
Pero ya en el poder, la relación entre Milei y Villarruel se erosionó con rapidez. La vicepresidenta quedó relegada de las áreas clave de Seguridad y Defensa y, más tarde, fue acusada de “traición” tras avalar en el Senado una discusión legislativa que contravenía la política fiscal del presidente. La disputa adquirió pronto un matiz religioso, impulsado desde sectores conservadores que comenzaron a cuestionar a Milei por su cercanía al judaísmo y por la perspectiva de una futura conversión formal.
Ese giro simbólico modificó el terreno. El debate dejó de centrarse en la orientación ideológica del gobierno argentino para desplazarse hacia la identidad religiosa de Milei, y allí Verástegui tomó partido por Villarruel. El 25 de octubre de 2025 publicó una serie de mensajes en los que acusó al mandatario de deslealtad, ingratitud y engaño. En esos textos reivindicó su papel en la proyección internacional del argentino y llamó abiertamente a imaginar una futura presidencia encabezada por la actual vicepresidenta.
Las críticas no tardaron en generar fricciones dentro de la propia derecha hispanoamericana. Agustín Laje, uno de los pensadores cercanos a Milei, se deslindó de Verástegui y rechazó que su nombre fuera utilizado para confrontar al presidente. Y desde México, el Consejo Nacional de la Nueva Derecha, liderado por Raúl Tortolero, marcó distancia: mantuvo su apoyo político a Milei sin convertir la religión en criterio de legitimidad, y se apartó explícitamente del discurso antisemita que emergió tras la ruptura.
En ese contexto se produjo otro quiebre simbólico. La edición mexicana de CPAC 2025 fue cancelada después de que la organización retirara su respaldo a Verástegui, quien respondió convocando la Cumbre Viva México. El encuentro incorporó ponencias que reforzaron la línea discursiva antimileísta y que incluyeron expresiones contra el judaísmo identificadas como antisemitas por analistas en ambos países.
La secuencia de tropiezos no terminó ahí. En los primeros días de enero de 2026, una entrevista que Sabina Berman realizó a Verástegui para televisión pública fue bloqueada por las defensorías de audiencias de Canal Once y Canal Catorce, que argumentaron que sus declaraciones podían constituir discurso de odio y vulnerar la legislación en materia de radiodifusión. La decisión derivó en un enfrentamiento directo sobre límites y garantías de la libertad de expresión. La entrevista terminó difundiéndose en YouTube, aunque fue retirada en varias ocasiones antes de ser restituida por la plataforma.
Verástegui acusó al gobierno federal de censurarlo y sostuvo que el lenguaje de derechos y diversidad se estaba utilizando para inhibir voces críticas del conservadurismo. Sus señalamientos fueron recibidos con cautela incluso dentro de la derecha organizada, donde la controversia reavivó viejos recelos sobre la viabilidad de construir un proyecto político nacional alrededor de la figura del activista.
Así, en pocas semanas, Eduardo Verástegui vivió una reconfiguración brusca de su posicionamiento político. Perdió el soporte institucional para su proyecto partidista, fracturó un vínculo estratégico con uno de los gobiernos emblemáticos de la nueva derecha latinoamericana y abrió una disputa pública sobre los límites del discurso conservador en los medios. En conjunto, estos episodios delinean un nuevo momento en su trayectoria: menos anclado en alianzas internacionales y más expuesto a las tensiones internas del conservadurismo mexicano, en un escenario donde la religión, la identidad y la legitimidad política se entreveran con creciente frecuencia.
