Davos y la política del abismo controlado
Davos vuelve a funcionar este año como un ritual global donde élites políticas y corporativas se exhiben en un paisaje alpino que pretende neutralidad, pero que opera como escenografía ideológica. Antes que un foro, Davos es un signo: un recordatorio visual de que las soluciones a la crisis global siguen discutiéndose lejos de quienes la padecen. Su lema de 2026, “A spirit of dialogue”, promete conversación franca en un mundo dividido, aunque el diálogo real sigue siendo un circuito cerrado entre poderosos.
El foro se describe como un encuentro “al borde del abismo”, pero ese abismo aparece deshistorizado, sin responsables. No se mencionan las guerras planificadas, los ciclos de saqueo financiero o las políticas que profundizan la desigualdad. Se habla de “riesgos” y “tensiones”, como si fueran fenómenos climáticos. Davos anestesia el conflicto de clase bajo una prosa tecnocrática que convierte la crisis del capitalismo en un problema de gestión y no en un resultado estructural.
En los salones alfombrados, los comerciantes de guerras no llevan botas, sino trajes oscuros y presentaciones impecables. Redefinen la destrucción como “estabilidad regional” y la muerte como “externalidad”. Donde la tragedia exige justicia, el foro detecta oportunidades de inversión. Junto a ellos actúan los intérpretes mediáticos del poder, encargados de traducir privilegio en liderazgo y desigualdad en reforma. El pluralismo que se exhibe es esencialmente decorativo; detrás de la diversidad de acentos opera una homogeneidad ideológica férrea.
Los magnates financieros completan el panorama. Su lenguaje son los mercados, que en Davos convierten países enteros en gráficas y poblaciones en variables descartables. Para ellos, la crisis no es un peligro, sino una oportunidad: cuanto más profundo el abismo, más barata la compra. El foro no emite decisiones formales, pero produce narrativas que ordenan prioridades globales: qué problema importa, cuál se posterga, quién habla con autoridad y quién queda fuera de cuadro.
Lo que Davos ofrece no son soluciones estructurales, sino relatos tranquilizadores. No justicia, sino filantropía cosmética. Observado críticamente, revela la distancia entre el poder global y la vida de los pueblos, y la importancia de disputar el lenguaje con el que se nombra el mundo. Porque Davos no evita el abismo: lo administra. Y vivir bajo su narrativa significa aceptarlo como destino.
