Resultados antidrogas contrastan con discurso de Trump
Cuando Estados Unidos elevó la voz en 2020 por el avance del fentanilo en su territorio, la Casa Blanca identificó a los carteles mexicanos como el eslabón clave de la crisis. Cinco años después, con Donald Trump nuevamente en la presidencia y bajo una presión inédita sobre su vecino del sur, los datos cuentan una historia distinta: la campaña mexicana contra los opioides sintéticos no solo se ha intensificado, sino que ha comenzado a alterar la tendencia que durante años parecía irreversible. Tras una década en ascenso, el tráfico de fentanilo hacia territorio estadounidense se ha reducido de forma drástica y las muertes por sobredosis muestran un retroceso que no se veía en mucho tiempo.
Desde la transición entre Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, el Gobierno mexicano apostó por una estrategia que rompiera con el paradigma de contención y patrullaje. Con la llamada Operación Frontera Norte —impulsada como respuesta a las exigencias de Trump de mostrar “resultados verificables”—, México dio paso a una ofensiva centrada en inteligencia, destrucción de laboratorios, incautaciones masivas y golpes quirúrgicos contra la estructura de los carteles. El movimiento incluyó un componente político delicado: aceptar una cooperación más estrecha en seguridad a cambio de moderar las amenazas arancelarias que la nueva Administración estadounidense colocó sobre la mesa desde su primer día.
El cambio fue inmediato. En el primer año de Gobierno de Sheinbaum, las fuerzas federales mexicanas aseguraron 1,8 toneladas de fentanilo, desmantelaron cerca de 1.900 laboratorios y detuvieron a más de 40.000 personas vinculadas con el crimen organizado. Entre los capturados figuran operadores centrales de los dos grupos que dominan el tráfico de drogas sintéticas: el Cartel de Sinaloa y el Cartel Jalisco Nueva Generación. Paralelamente, México extraditó a Estados Unidos a figuras de alto perfil cuyas operaciones mantenían redes activas incluso desde prisión.
Las cifras militares son contundentes. El Ejército decomisó en 2025 alrededor de 560 kilos de fentanilo, un aumento de más del 60% respecto al año anterior. Los aseguramientos de metanfetamina, heroína y goma de opio crecieron en proporciones todavía mayores. La Marina protagonizó uno de los golpes más significativos: la incautación de 1,5 toneladas de fentanilo a finales de 2024, el mayor cargamento interceptado en la historia reciente.
En Estados Unidos, los efectos comenzaron a sentirse del otro lado de la frontera. La CBP reportó una caída del 52% en las incautaciones de fentanilo en 2025 en comparación con el año previo. Aunque aún es una cifra considerable, representa el desplome más pronunciado desde que el opioide se instaló como la mayor amenaza sanitaria del país. También disminuyeron las confiscaciones de cocaína, mientras que las de metanfetamina registraron un leve repunte. La tendencia más significativa, sin embargo, está en los datos de salud pública: en 2024 murieron por sobredosis de fentanilo 47.735 personas, casi un 35% menos que en 2022, el peor año de la crisis. Esa reducción interanual no se veía desde 2019.
La política migratoria mexicana también experimentó un giro decisivo. Bajo la lógica del acuerdo con la Casa Blanca, Sheinbaum ordenó desplegar a 10.000 elementos de la Guardia Nacional en la franja fronteriza para cortar el paso tanto a drogas como a migrantes irregulares. El resultado fue una caída del 95% en las detenciones dentro de territorio mexicano. Los registros estadounidenses reflejan un fenómeno similar: los arrestos en la frontera pasaron de casi 38.000 en 2024 a apenas 4.300 en 2025.
El descenso de la violencia en México acompaña estos cambios. Tras años de cifras que parecían haberse estancado en niveles críticos, 2025 cerró con 22.415 homicidios dolosos, la cifra más baja desde 2015. Aunque múltiples factores inciden en el fenómeno, el Gobierno atribuye buena parte de la disminución al desmantelamiento de estructuras criminales enfocadas en la producción y distribución de drogas sintéticas.
Este giro contrasta con la estrategia de “abrazos, no balazos” del sexenio anterior. Mientras López Obrador privilegiaba la contención para evitar confrontaciones directas con los carteles, Sheinbaum ha apostado por la fuerza selectiva guiada por inteligencia. La coordinación entre Ejército, Marina, Guardia Nacional y Fiscalía —bajo el liderazgo operativo de Omar García Harfuch— ha permitido cerrar circuitos que antes permanecían intactos. Cada operación se comunica al detalle en conferencias diarias, un intento deliberado de construir narrativa pública y posicionarse frente a Washington.
Aun así, la respuesta del Gobierno estadounidense ha sido ambivalente. La Casa Blanca reconoció “avances”, pero calificó los progresos como “insuficientes”. Trump insiste en que la raíz del problema está en México, mientras que la presidenta mexicana le ha recordado públicamente que Estados Unidos no ha atacado con la misma contundencia a las redes de distribución, lavado de dinero y adicción que alimentan su propia crisis. Tanto en privado como en público, Sheinbaum ha subrayado que ningún esfuerzo será sostenible si el país consumidor no atiende el corazón del problema dentro de sus fronteras.
Con el tráfico de fentanilo a la baja, la migración reducida y la violencia replanteada, México llega a 2026 con indicadores que, por primera vez en mucho tiempo, dibujan un horizonte distinto. Pero el entorno político bilateral sigue cargado de tensiones. Mientras Trump hace del combate al narcotráfico un eje de su narrativa electoral, México insiste en que la cooperación, y no la intervención, debe ser la lógica dominante. La pregunta central es si estos resultados —que objetivamente favorecen a ambos países— bastarán para contener las presiones de la Casa Blanca en un año que promete más confrontación que calma.









