dom. Jul 5th, 2026

Sheinbaum desmiente acuerdo con la DEA

Claudia Sheinbaum rompió su ritual matutino para desmentir un supuesto acuerdo con la DEA, después de que la agencia anunció el “Proyecto Portero” para capacitar policías mexicanos en Texas. La presidenta negó cualquier pacto, aunque el comunicado estadounidense habló de una “iniciativa bilateral audaz”. El choque dejó en evidencia las tensiones en seguridad entre ambos países.

La respuesta mexicana parecía más dirigida a Andrés Manuel López Obrador que a Washington. El expresidente, marcado por su enemistad con la DEA tras el caso Cienfuegos y por investigaciones que vincularon campañas políticas con dinero del narco, es un actor incómodo. Para Sheinbaum, mantenerlo tranquilo es parte del frágil equilibrio político.

Al mismo tiempo, la presidenta ha girado en sentido contrario a su antecesor, reforzando la cooperación bilateral contra el crimen organizado y el tráfico de fentanilo. Estados Unidos ha destacado avances en disrupción financiera, migración y seguridad fronteriza, logros que fortalecen la relación y permiten cuidar el comercio bilateral, vital para la economía mexicana.

El dilema es claro: Sheinbaum debe sostener una política de seguridad que agrade a la Casa Blanca, sin traicionar la narrativa de su mentor. La DEA representa un límite simbólico y político. El futuro dirá si puede mantener este delicado equilibrio sin fracturar ni la relación con Washington ni la lealtad a López Obrador.

México rechaza tropas extranjeras

La historia mexicana está marcada por la pérdida de la mitad de su territorio en 1848 frente a Estados Unidos. Esa memoria colectiva explica la hipersensibilidad nacional a cualquier sugerencia de intervención militar extranjera. Para los mexicanos, cualquier operación unilateral de Washington sería percibida como traición y provocaría un rechazo casi unánime en la sociedad.

El reciente reportaje de The New York Times sobre una orden firmada por Donald Trump para autorizar operaciones militares contra cárteles en América Latina encendió alarmas. La propia presidenta Claudia Sheinbaum respondió con contundencia: “Estados Unidos no va a venir a México con los militares. Eso está absolutamente descartado”. La defensa de la soberanía es condición de supervivencia política para cualquier mandatario.

El contraste es evidente. Mientras Trump presume de que México hace lo que “se le dice” y destaca la reducción de cruces fronterizos, el gobierno mexicano marca una línea roja infranqueable: la presencia de tropas extranjeras en suelo nacional. La cooperación bilateral se limita al control migratorio, pero no se extiende al terreno militar.

El verdadero reto, sin embargo, sigue siendo interno. Zonas dominadas por cárteles, policías debilitadas y la herencia de la política de “abrazos, no balazos” complican el panorama. La soberanía es irrenunciable, pero también lo es la urgencia de una estrategia eficaz contra el crimen organizado. La pregunta persiste: ¿puede México sostener solo esta batalla sin ceder soberanía ni capacidad frente a los cárteles?

El Nobel que sueña Trump

Donald Trump, en su faceta de “negociador”, presume haber llevado a Vladímir Putin de vuelta a una cumbre internacional, pese a las sanciones, acusaciones y el aislamiento que lo acompañan desde la invasión a Ucrania. El encuentro, más simbólico que efectivo, otorgó al mandatario ruso la foto de legitimidad que buscaba desde hace años.

Sin avances claros hacia un alto al fuego ni concesiones de fondo, la jugada de Trump parece más un ejercicio de propaganda que una construcción real de paz. Aun así, el expresidente estadounidense se presenta como el arquitecto de un proceso en el que promete trilaterales con Zelenski y Putin, aunque las condiciones en torno al Donbás parecen imposibles de reconciliar.

En este escenario, Trump se autoproclama pacifista y alimenta su aspiración al Premio Nobel de la Paz. Paradójicamente, es el mismo líder que multiplicó los conflictos comerciales con aranceles y que desprecia las reglas tradicionales de la diplomacia internacional. Sin embargo, su narrativa encuentra eco en aliados dispuestos a validar sus gestos escénicos.

Lo sorprendente es que países como Israel y Pakistán ya lo han postulado formalmente. El mundo, en su desequilibrio actual, parece dispuesto a premiar la teatralidad por encima de los logros. La discusión es inevitable: ¿la paz se construye con diplomacia real o con la propaganda de un hombre que busca perpetuar su propia estatua en vida?

México sin estrategia contra desapariciones

El número de personas desaparecidas en México sigue en aumento: 24 mil 352 casos en 2022, 31 mil 367 en 2023 y más de 33 mil en 2024. En lo que va de 2025 ya se reportan 7 mil 684, de los cuales 196 fueron localizados sin vida. Sin embargo, especialistas advierten que no existen políticas públicas de prevención ni de búsqueda eficaces para enfrentar la crisis.

Académicos como Ernesto López Portillo sostienen que la militarización ha fracasado y, en algunos casos, incrementado la violencia. Señalan que el Estado carece de profesionales capacitados, tecnología y protocolos para atender el delito, mientras la crisis forense acumula más de 72 mil restos humanos sin identificar en todo el país.

A esta falta de políticas se suma lo que llaman un régimen macrocriminal: la operación conjunta de grupos delictivos con agentes estatales. Esto agrava el problema y perpetúa la impunidad, mientras las víctimas y sus familias quedan sin respaldo. La ausencia de una estrategia integral de prevención refleja un Estado desvinculado de las mejores prácticas internacionales.

Organizaciones y académicos subrayan la urgencia de incluir la prevención de desapariciones en el Plan Nacional de Desarrollo, con alertas tempranas y búsqueda inmediata. También advierten que los jóvenes son las principales víctimas. La discusión es inevitable: ¿puede hablarse de democracia plena cuando miles de ciudadanos desaparecen cada año sin que el Estado garantice verdad ni justicia?

Democracia en riesgo por nueva reforma

En un país marcado por carencias graves en salud, seguridad y justicia, la insistencia del gobierno y de Morena en impulsar una reforma político-electoral parece desconectada de la realidad. Mientras hospitales enfrentan desabasto de medicinas y la violencia golpea a familias enteras, la propuesta se coloca en la agenda como si fuese la urgencia nacional.

La iniciativa no pretende robustecer la democracia, sino limitarla. Con el argumento del “ahorro”, busca reducir legisladores y silenciar voces críticas, al tiempo que plantea una reconfiguración del INE que comprometería su autonomía. Se trata de una regresión política disfrazada de modernización institucional, orientada a concentrar poder en el partido gobernante.

En paralelo, millones de ciudadanos enfrentan cotidianamente la falta de servicios básicos como agua potable, empleo digno y acceso a la justicia. Las prioridades sociales parecen relegadas mientras se apuesta por modificar estructuras políticas que no solucionan las necesidades urgentes.

México requiere fortalecer sus instituciones, pero con sentido social. Sin medicinas, seguridad ni oportunidades, cualquier intento de reforma carece de legitimidad. La democracia no se construye debilitando contrapesos, sino garantizando que los ciudadanos tengan libertad y herramientas reales para decidir. La pregunta es inevitable: ¿qué debe atenderse primero, las urnas o la vida diaria de la gente?

Del récord en pobreza al reto futuro

La reducción de la pobreza multidimensional durante el sexenio de López Obrador, de 36.3% a 29.6% de la población, representa un avance estadísticamente notable y políticamente valioso. Sin embargo, buena parte de esta mejora no provino de transformaciones estructurales profundas, sino de factores coyunturales como el flujo histórico de remesas y el gasto social directo. Esto implica que el progreso es vulnerable a choques externos o cambios en el entorno económico.

Sheinbaum hereda un escenario menos favorable: las remesas muestran tendencia a la baja, el margen fiscal es reducido por la promesa de disminuir el déficit, y no se prevén expansiones significativas de programas sociales en el corto plazo. Además, su agenda laboral —como la reducción de la jornada a 40 horas— podría tensionar a empresas ya presionadas por alzas previas al salario mínimo.

El desafío central no será replicar la magnitud del avance logrado en el sexenio anterior, sino blindarlo. Eso requiere diseñar políticas que aumenten productividad, reduzcan informalidad y diversifiquen las fuentes de ingreso de los hogares. Si logra mantener e incluso mejorar estos indicadores sin depender de factores volátiles, Sheinbaum podría consolidar una herencia social que trascienda sexenios.

Aquí el verdadero mérito no estará solo en reducir cifras, sino en hacer que el descenso en la pobreza sea sostenible y resistente a crisis futuras.

Tan solo ilusiones

“La función capital de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos contra la Naturaleza.” Freud, El porvenir de una ilusión.

La idea y concepto de ilusión ha sido tratado por múltiples autores y artistas, sobre todo poetas, que han hallado en ella un espacio para expandir el mundo humano más allá de lo natural o para expandir lo natural más allá de lo perceptual. Pero también las ilusiones se han convertido en una especie de bunkers, supuestamente impenetrables, contra la vida, contra estar ahí en el mundo. Freud y Nietzsche lo analizan desde su fase cultural, pues piensan que la cultura occidental solo existe dentro de este espacio virtual en donde el mundo es reconfigurado ya sea racional o teológicamente para que este parezca ordenado, apacible, predecible y, antes que nada, donde la muerte no tenga literalmente ningún lugar.

Y esa cultura-espacio virtual ha tenido múltiples formas, desde dioses caóticos y caprichosos que lo gobiernan, hasta dioses únicos que todo lo controlan, planean. Pero no es sino hasta la “era del humano”, donde el hombre es la medida de todas las cosas, en el que le damos a ese mundo y a nosotros mismo el carácter de racional. El mundo es algo que solo los humanos (bueno, exclusivamente los hombres) entenderán y dominarán a través del uso de una facultad exclusiva: la razón. Dios ha muerto, viva el rey humano, el rey hombre, todo debe rendirse a sus deseos, la naturaleza pierde su encanto y su poder. Solo existe el proyecto, el destino y la voluntad humana, el macho super alfa ha nacido. Ahora la seducción de este sueño delirante reside en la capacidad de la razón de someter todo a ella y, por tanto, a lo humano. Esto es lo que conocemos bajos los nombres de ciencia y técnica.

La técnica que nos fascina, seduce y empodera ha sido siempre el otro lado de la moneda de lo humano. No solo el fuego, las herramientas, la palabra, el texto, el símbolo y la culminación en el dato, su organización y la sumisión de todo a esta técnica de la información digital. De hecho, la historia solo existe desde ese momento en que nos inventamos como animal racional. Nuestras obras que ya suponemos muy superiores a lo que llamamos naturaleza adquieren ese carácter de símbolo de nuestra superioridad, de nuestro alejamiento de lo animal. Una vasija, un alfabeto, una historia, una máquina que se acopla a otra para movernos más rápido, para producir más, para extraer fuerzas a la naturaleza pasa enigmáticamente a convertirse en una herramienta de control y de violencia entre los humanos.

He aquí la contradicción, la paradoja que rastrean de diferente manera tanto Nietzsche como Freud. Para el primero la cultura occidental judeo-cristiana, la ilustración y la era moderna no es más que una decadencia del espíritu humano que parece no tener la fuerza suficiente para aceptar el mundo, el material y se fuga en un desfile de metáforas que parecen elevar la debilidad a las alturas celestiales del máximo valor y logro humano. Por otro lado, para Freud la cultura es inevitablemente algo que frustra al individuo y sus pulsiones, pero que parecen compensarse con los beneficios de vivir dentro de una colectividad. Ello provoca neurosis y angustias, sobre todo cuando estamos en sociedades complejas donde el beneficio de pertenecer a un conjunto de humanos no parece muy claro, pues cada vez es más evidente el avance de las violencias, inequidades y la pobreza de las mayorías.

Así que estos destructores de nuestras más queridas fantasías proponen salidas muy diferentes, Para Freud solo cabe la sublimación de nuestra frustración social, que incluye unas pulsiones violentas, para convertirlas en procesos creativos como el mismo arte. No podemos ganarle en ningún lugar y época a este acuerdo social pues es absolutamente necesario para nuestra sobrevivencia, solo cabe lidiar con él, minimizarlo y aceptar nuestras neurosis:

“Como ya sabemos, el arte ofrece satisfacciones sustitutivas compensadoras de las primeras y más antiguas renuncias impuestas por la civilización al individuo —las más hondamente sentidas aún—, y de este modo es lo único que consigue reconciliarle con sus sacrificios. Pero, además, las creaciones del arte intensifican los sentimientos de identificación, de los que tanto precisa todo sector civilizado, ofreciendo ocasiones de experimentar colectivamente sensaciones elevadas. Por último, contribuyen también a la satisfacción narcisista cuando representan el rendimiento de una civilización especial y expresan en forma impresionante sus ideales.” (Freud, El porvenir de una ilusión)

Para Nietzsche es irrefutable que los humanos no podemos vivir sin estas ilusiones de orden y por ello de sentido, que implican un enorme esfuerzo de negación de nuestro propio ser, pero sostiene que estas inevitables ficciones deben de ser construidas por los sujetos de manera individual y que esta construcción es el verdadero arte.

“Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica. Al igual que ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, también en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños veía caminar a los dioses. El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte…” Nietzsche, El nacimiento de la tragedia.

Construir nuestros sentidos (porque no es solo uno) es una obra de arte que requiere una negociación con el mundo real, con el afuera de nuestras ilusiones, así como de fuerza, conocimiento y voluntad creativa. De esta manera, arte y vida se reconcilian.

Intervención militar de EE.UU. contra cárteles: realidades y riesgos

La idea de que Estados Unidos pueda “purgar” el sistema político mexicano o intervenir militarmente contra los cárteles ha ganado eco en ciertos sectores políticos y mediáticos, pero carece de viabilidad práctica y legal. Una operación de este tipo violaría de manera directa la soberanía nacional y el derecho internacional, además de provocar una reacción nacionalista que uniría incluso a facciones rivales contra la intromisión extranjera.

El problema central es la corrupción sistémica en México, que permea instituciones de seguridad, justicia y política. Una “limpieza” forzada no sería solo compleja de ejecutar, sino que podría derivar en un conflicto interno de gran escala, con riesgo de colapso del Estado o balcanización del territorio. Desde un punto de vista militar, implicaría control territorial de zonas productoras y rutas, equivalente a una ocupación prolongada.

El análisis apunta a que una estrategia más realista para debilitar a los cárteles está en la reforma del mercado de drogas en Estados Unidos. Experiencias como el fin de la prohibición del alcohol o la legalización del cannabis muestran que reducir el incentivo económico del crimen organizado es posible. Un mercado regulado podría disminuir de forma drástica los ingresos ilícitos que alimentan la corrupción y la violencia en México.

Finalmente, cualquier estrategia efectiva requeriría cooperación internacional entre países productores, de tránsito y consumidores. Mientras tanto, el combate unilateral de México contra los cárteles seguirá siendo limitado, más enfocado en mostrar resultados ante Washington que en un desmantelamiento total de las estructuras criminales. La intervención militar de EE.UU., lejos de resolver el problema, podría desencadenar consecuencias irreversibles para la estabilidad regional.

Reforma política: urgencia y retos estructurales

La amplia coincidencia ciudadana sobre la necesidad de una reforma política en México es un indicador de desgaste institucional y de pérdida de confianza en quienes ejercen el poder. El hecho de que políticos, jueces y policías compartan niveles similares de descrédito sugiere que el problema no es individual, sino sistémico. Este escenario abre una ventana para impulsar cambios estructurales, aunque el riesgo de que la inercia o la resistencia de ciertos grupos frene el proceso es alto.

El financiamiento público a partidos y legisladores es, sin duda, uno de los ejes más polémicos. La crítica de que estos recursos son excesivos y mal utilizados no solo es recurrente, sino que se ve reforzada por la percepción de que sirven más para perpetuar privilegios que para fortalecer la democracia. Reducir estos gastos podría liberar fondos para áreas prioritarias, pero implicaría confrontar intereses consolidados dentro del aparato político.

Para que la reforma sea efectiva, no basta con ajustar presupuestos; es necesario replantear la forma en que se ejerce la política. La transparencia, la rendición de cuentas y la eliminación de privilegios deben acompañarse de mecanismos que garanticen la participación ciudadana real. Solo así se podrá romper el ciclo de promesas incumplidas que ha alimentado el desencanto social.

En paralelo, los problemas de gestión urbana, como las recientes inundaciones en la Ciudad de México, revelan que la falta de planeación y mantenimiento es una constante tanto en lo político como en lo administrativo. Abordar estos retos con visión preventiva y no meramente reactiva sería una señal clara de que las reformas buscan un cambio profundo y duradero.

Redes de poder en reacomodo político

Más allá de partidos y cargos formales, en México operan grupos de poder que influyen en la política a través de lealtades, vínculos regionales y trayectorias compartidas. El histórico Grupo Atlacomulco, que controló el Estado de México por décadas, perdió su hegemonía tras la llegada de Delfina Gómez, dando paso al ascenso del Grupo Texcoco como nueva fuerza dominante en la entidad.

En la Ciudad de México, el Grupo PAN-CDMX ha consolidado influencia en el partido y en la política capitalina, pese a los señalamientos por el “Cártel Inmobiliario”. Figuras como Jorge Romero y Santiago Taboada han tejido redes que resisten derrotas electorales y sostienen presencia estratégica en el blanquiazul nacional.

El Grupo Tabasco, cercano a Andrés Manuel López Obrador, mantiene peso federal y local pese a divisiones internas entre corrientes encabezadas por Adán Augusto López y Javier May. La disputa se ha agudizado por escándalos que tocan a exfuncionarios de alto perfil, sin debilitar del todo su estructura política.

Mientras tanto, El Yunque busca resurgir con una agenda ultraconservadora a través del partido México Republicano, retomando vínculos con redes internacionales de derecha. Este reacomodo de fuerzas refleja que, aunque cambien rostros y contextos, las redes informales continúan moldeando la vida pública mexicana con estrategias de largo alcance.