La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, representa el mayor golpe estructural al crimen organizado en lo que va del gobierno de Claudia Sheinbaum. No se trata solo de la caída de un líder criminal, sino de la desarticulación del símbolo que durante más de una década encarnó la expansión territorial y operativa del Cartel Jalisco Nueva Generación. A 17 meses de iniciado el sexenio, la operación envía un mensaje inequívoco: el Estado mexicano mantiene la capacidad de alcanzar incluso a los objetivos considerados intocables.
El operativo, ejecutado por fuerzas mexicanas con respaldo de inteligencia internacional, confirma un viraje estratégico respecto a inercias del pasado. La coordinación entre Ejército, Guardia Nacional y las áreas de seguridad civil muestra una arquitectura institucional más integrada y menos reactiva. En un entorno donde algunos analistas atribuían la reducción de homicidios a equilibrios criminales, la decisión presidencial rompe cualquier interpretación de tolerancia implícita y reafirma que la política de seguridad no se subordina a conveniencias estadísticas.
Es cierto que la experiencia comparada advierte que la eliminación de un líder puede generar reacomodos internos. Sin embargo, el contexto actual es distinto: la estructura familiar y operativa del CJNG ya se encontraba fragmentada, con figuras clave detenidas o bajo presión judicial. El golpe ocurre en un momento de debilidad relativa del grupo, lo que aumenta la probabilidad de contención y disminuye el margen para una sucesión ordenada que reproduzca el mismo nivel de cohesión criminal.
Más allá del impacto inmediato, la operación redefine la narrativa del sexenio. La administración de Sheinbaum parece apostar por una seguridad sostenida en capacidad institucional y control territorial, no en equilibrios informales. El desafío será consolidar la presencia del Estado en las zonas históricamente dominadas por el CJNG y evitar que el vacío sea ocupado por facciones rivales. La señal política es clara: la estrategia no busca administrar la violencia, sino desmantelar las estructuras que la producen. El golpe no es solo operativo; es un mensaje de autoridad y dirección estratégica.
