jue. Feb 12th, 2026

Sheinbaum consolida liderazgo propio dentro del obradorismo

La idea de que Claudia Sheinbaum gobierna sitiada por los sectores más duros del obradorismo parte de una premisa cuestionable: asumir que el liderazgo del movimiento sigue fuera de Palacio Nacional. A cuatro meses de iniciada su administración, las decisiones estratégicas muestran lo contrario. La presidenta no actúa como figura de transición ni como rehén de corrientes internas; ejerce conducción política sobre un proyecto que se concibe transexenal y que ahora encabeza formal y operativamente.

Las diferencias de estilo respecto a Andrés Manuel López Obrador son evidentes. Sheinbaum privilegia indicadores técnicos, estructuras administrativas y control de resultados medibles. Sin embargo, en el núcleo ideológico mantiene continuidad en política social, soberanía energética y posicionamientos internacionales. Esa combinación —método distinto, fondo coincidente— ha sido interpretada por algunos como moderación forzada, cuando en realidad responde a una estrategia de consolidación interna sin ruptura discursiva.

Las decisiones recientes refuerzan esa lectura. Desde ajustes en el gabinete hasta el incremento en envíos de crudo a Cuba, la mandataria ha dejado claro que no existe desplazamiento del eje político del movimiento. Las correcciones a errores heredados no implican distanciamiento ideológico, sino reafirmación de control. Lejos de ser acorralada por “puros” o “duros”, Sheinbaum opera como árbitro y conductora de esas corrientes.

El debate sobre su autonomía revela más sobre la persistencia de la figura de López Obrador en el imaginario público que sobre la realidad del poder actual. El verdadero análisis no es si la presidenta está cercada, sino cómo administra la cohesión interna sin fracturar el proyecto. En esa tensión se juega la viabilidad política de la Cuarta Transformación en su segunda etapa, y ahí radica la discusión que merece atención pública.