La caída de Nicolás Maduro, presentada por Washington como una operación quirúrgica y exitosa, abrió un escenario mucho más complejo del que sugiere la narrativa triunfalista. Aunque el liderazgo fue removido, la estructura política, militar y económica que sostuvo al chavismo permanece activa. Para analistas internacionales, esto significa que el verdadero desafío apenas comienza y que la transición en Venezuela se moverá en un terreno incierto y lleno de tensiones internas.
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, representa continuidad para sectores del régimen y, al mismo tiempo, un puente potencial hacia un proceso de negociación con Estados Unidos. La oposición venezolana tiene legitimidad, pero carece de mecanismos para influir en las fuerzas armadas, que hoy concentran poder material y buscan preservar su posición. Washington enfrenta además un dilema: influir en la transición sin desplegar presencia sostenida, un escenario políticamente costoso en Estados Unidos.
El nuevo tablero también tiene efectos regionales. Cuba aparece como el siguiente punto de atención para la administración Trump, no necesariamente mediante intervención directa, sino mediante presión económica ampliada. Colombia vive un ciclo electoral que podría alterar su política exterior y su papel como aliado estratégico de Washington. Grupos armados y redes ilícitas en la región podrían aprovechar cualquier fractura política en Venezuela para expandir su influencia.
Para México, el entorno se vuelve delicado. La relación con Estados Unidos depende de un equilibrio entre cooperación y respeto a la soberanía. Un escenario donde Washington decida actuar unilateralmente en temas de seguridad dentro de México rompería ese marco. Con la renegociación comercial en marcha y la tensión regional al alza, el reto para la diplomacia mexicana será mantener autonomía estratégica sin escalar la confrontación.
