La idea de América Latina como “patio trasero” de Estados Unidos nunca desapareció del todo; sólo se volvió más discreta. Desde la Doctrina Monroe hasta el discurso de la era Trump, persiste una visión que reduce a la región a espacio subordinado y prescindible. Las expresiones “vecindario”, “backyard” o “barrio” funcionan como un disfraz amable para una política que concibe el hemisferio occidental como territorio bajo tutela, donde Washington corrige, interviene y castiga según sus intereses estratégicos.
Esa mirada reapareció con fuerza en las declaraciones de operadores trumpistas como Mauricio Claver-Carone, quien afirmó que Estados Unidos debe dominar la región para sostener su liderazgo global. La propuesta de Trump de renombrar el Golfo de México como “Golfo de América” va en esa misma dirección: no es una ocurrencia aislada, sino una forma de inscribir dominación en el mapa, de reivindicar propiedad simbólica sobre mares y territorios. Nombrar, históricamente, ha sido un acto de poder.
El lenguaje imperial se acompaña hoy de un despliegue militar creciente en el Caribe. Bajo el argumento de combatir el tráfico de fentanilo, operativos estadounidenses han atacado embarcaciones y ampliado su presencia naval con justificaciones que recuerdan los prólogos de intervenciones pasadas. En ese marco, Venezuela, Cuba y Nicaragua aparecen como objetivos funcionales para reordenar el “patio” y enviar un mensaje al resto de la región: el control del hemisferio sigue siendo prioridad estratégica para Washington.
El avance de este discurso reabre un dilema central: aceptar el mapa impuesto desde el norte o reivindicar la región como sujeto político. La disputa no es semántica; involucra soberanía territorial, recursos energéticos y alineamientos geopolíticos. América Latina sólo podrá dejar atrás el rol de corral si redefine quién decide sus fronteras, sus alianzas y su futuro común.
