dom. Feb 15th, 2026

Los reacomodos de la Geopolítica Imperial

Estados Unidos enfrenta un nuevo orden global: su hegemonía económica se erosiona frente al ascenso tecnológico y financiero de China. Las tensiones comerciales y militares reconfiguran el tablero de la geopolítica imperial, dejando a países como México atrapados entre bloques rivales y sin una estrategia clara ante el cambio del modelo global.
El antiguo paradigma de la globalización, en el que los acuerdos de libre comercio como el TLCAN (hoy T-MEC) fungían como eje de la integración económica, se ve cuestionado y rebasado por la lógica de la seguridad nacional y la relocalización estratégica de las cadenas de suministro (nearshoring). Para Washington, la cercanía geográfica de México se convierte en un activo geopolítico vital, impulsando la integración productiva en Norteamérica con el objetivo explícito de reducir la dependencia de insumos y tecnología de origen chino. Esta presión busca convertir a México en un instrumento de su estrategia continental.

Sin embargo, México es, a la vez, el principal socio comercial de EE. UU. y un punto clave de la inversión y el comercio chino en América Latina. Esta dualidad coloca al país ante una “espada comercial y una pared geopolítica”. Las empresas chinas han intensificado su presencia en territorio mexicano, aprovechando la cercanía con el mercado estadounidense y las ventajas logísticas que el T-MEC ofrece para establecer plataformas de exportación. Este fenómeno genera fricciones directas, pues EE. UU. percibe estos flujos de inversión como un intento de eludir las barreras arancelarias y tecnológicas impuestas a Beijing.

En este complejo escenario, el gobierno mexicano se encuentra navegando entre la necesidad de mantener su relación comercial estratégica con Norteamérica y la oportunidad que representa la inversión china. La ausencia de una estrategia de Estado coherente corre el riesgo de convertir a México de un “país pivote” a un mero campo de batalla de la rivalidad entre potencias, limitando su margen de maniobra y la capacidad de obtener beneficios reales para su desarrollo económico y tecnológico. La decisión de alinearse o no con las demandas de EE. UU. para restringir la tecnología y la inversión china definirá el futuro de la integración regional y la soberanía económica del país.