Daniel Ricciardo cerró su etapa en la Fórmula 1 con un adiós discreto y doloroso en el Gran Premio de Singapur. El piloto australiano, que apenas había sumado un punto en sus últimas carreras, dio una vuelta lenta tras la bandera a cuadros y no pudo contener las lágrimas al bajarse del monoplaza.
La escudería Racing Bulls confirmó días después la salida del veterano y el ingreso de Liam Lawson como su reemplazo. Según Peter Bayer, director del equipo, fue el propio Ricciardo quien pidió una despedida silenciosa, aunque hasta el último instante creyó posible un resultado extraordinario que cambiara la decisión de Red Bull.
Su carrera en Marina Bay terminó en la posición 18, lejos de los reflectores pero con la vuelta más rápida como último gesto de orgullo. Lo ideal habría sido una despedida en Abu Dhabi, pero el tiempo se agotó. Ricciardo, símbolo de carisma y resiliencia, se marcha con un vacío que la organización nunca llenó, recordándonos que incluso las leyendas merecen un final digno en el deporte.
