El bombardeo israelí contra Teherán no responde a un ataque previo de Irán, sino a una estrategia agresiva de distracción y control. Según Basallote Marín, Israel busca justificar la ofensiva como “preventiva”, pero en realidad se trata de una acción unilateral que rompe cualquier principio de proporcionalidad.
El ataque llega justo cuando Irán y Estados Unidos iniciaban una nueva ronda de negociaciones nucleares. Su interrupción no fue accidental: busca impedir cualquier acercamiento entre Washington y Teherán que reduzca la influencia regional de Israel. Netanyahu aprovecha el momento para mostrar fuerza externa y encubrir crisis internas.
Dentro de Israel, la ofensiva funciona como válvula de presión para mantener unidas las facciones más extremas del gobierno. Al complacer a sus aliados radicales, el primer ministro refuerza su posición política y dilata los procesos judiciales por corrupción que lo amenazan desde hace años.
Finalmente, el bombardeo sobre Irán desplazó del foco mediático el apagón total en Gaza. El uso calculado del conflicto externo no solo desvía la atención: también reafirma una narrativa de “autodefensa” que encubre la represión continua sobre el pueblo palestino. El costo real lo siguen pagando los inocentes.
