El Palacio de Gripsholm, una historia de verano, en donde el amor florece como un nardo en medio del jardín. Una maravillosa historia llena de ternura y amor, donde Lydia, una dulce secretaria que labora para una empresa de jabones en la Alemania de 1929, se va de vacaciones con su amigo y amante: Kurt, el autor de esta estupenda narración. Ella, ahora, es una Princesa y él, por el momento, se llama Peter —Dios sabe por qué—. Se dirigen a Copenhague, Suecia, por cinco semanas que cambiarían para siempre el rumbo de sus vidas.
Para él, ella es: amiga, amante, madre, novia, ópera bufa y, sobre todas las cosas, Princesa. Lo que él es para ella, el narrador lo ignora. Pero nosotros, los lectores, lo sabemos muy bien: para ella, él lo es Todo, absolutamente Todo: cielo, mar, río, desierto, oasis y edén. Definitivamente, todo lo que un Escritor quiere ser para su amada. Las vacaciones comienzan en tren: un tren que llevaba la felicidad de una pareja amorosa en los mejores días del verano; un verano caluroso y pleno de paisaje y poesía.
Por fin, llegan, azarosamente, al Palacio de Gripsholm, en Suecia. Allí viven en un anexo del palacio, un lugar turístico y hermoso, una construcción luminosa con cúpulas redondas, con un lago alrededor y un teatro en su interior. Una vez instalados, viven una aventura en la que rescatan a una niña huérfana de las garras de una arpía que la torturaba constantemente.
El Palacio de Gripsholm, una bella historia contada por un Escritor para una bella Princesa, cuyo verdadero nombre era Lisa Matthias. Kurt Tucholsky nació en Berlín, Alemania, el 9 de enero de 1890 y se suicidó en 1935, seis años después de haber escrito esta narración, a los 45 años de edad. Era de origen judío, aunque renunció al judaísmo en 1914, convirtiéndose al protestantismo en 1918. Fue un demócrata de izquierda, pacifista y antimilitarista. Pidió ser enterrado en el único lugar donde fue inmensamente feliz: el Palacio de Gripsholm, en Suecia. Allí sus cenizas reposan desde 1936, bajo un roble. En su lápida pidió que escribieran: “Todo lo que es transitorio es sólo un símbolo”.
Nota al margen:
Un día de septiembre de 1911, Kurt Tucholsky, cuando era estudiante de Derecho, visitó junto con su amigo Kurt Szafransky, en Praga, a Max Brod —su autor favorito— y mejor amigo de Franz Kafka, por quien conocemos sus grandes obras, tanto en vida como después de su muerte en 1924. En esa ocasión, Franz Kafka dijo de él:
“… Es una persona formada totalmente a sus 21 años, desde su enérgico y controlado balanceo de su bastón de paseo, que le da un aire jovial, hasta el deliberado deleite y contenido de sus trabajos literarios (…) ¡Y quiere ser un abogado criminalista!”
