“Un espíritu en calma lo oye todo, lo entiende todo”, es el fragmento de texto con el que Ramón Andrés comienza una reflexión que intenta conceder valor al ir despacio frente al imperio de la inmediatez, y con la que procura hacer tiempo para pensar el mundo mientras la realidad se transforma en un devenir mecánico con la misión de lo útil. Detenerse en la medida de lo posible para actuar y pensar, para intentar caminar por lugares no establecidos lejanos de toda obediencia capitalista, es lo que nos regala “Despacio el Mundo” con el afán de producir una especie de quietud que acoja el silencio y la posibilidad de descubrirnos a nosotros mismos.
Ramón Andrés, quién teje este texto a partir de un entramado pictórico-filosófico desde el cual recorre diferentes obras que conllevan como hilo conductor la figura del músico en un estado de contemplación, nos hace extensiva una invitación a vivir en lentitud con la finalidad de que la existencia no sea asaltada por la precipitación, para de esta forma propiciar el estar inmersos en un sosiego que tome distancia de un actuar ligado a un fin productivo, a la búsqueda de lo pragmático y el determinismo de Occidente. Podríamos decir que el libro está dedicado al gesto de afinar un instrumento, al detener –aunque sea sólo unos instantes– la inercia de una realidad asediada por la prisa y de acoger atmósferas que nos haga ser conscientes del mundo que nos rodea.
El detenernos y mirar, el pensar el entorno, implica ser partícipes del pulso que se establece entre lo fijo y lo móvil del devenir, entre lo efímero y lo inmutable que tarde o temprano implica una mudanza. Entre líneas de este texto podemos encontrar, una motivación a borrar la distancia que nos separa de las cosas y de los individuos, de nuestros pares que cada vez están más distantes por flujos algorítmicos que nos fragmentan y que extienden una soledad bastante pronunciada. Es necesario tomar una pausa para abrir fisuras en lo que parece asentado por esa especie de visión pragmática que jerarquiza el accionar, haciendo que el tiempo y el espacio respondan a un tipo de orden que le da un carácter objetivo a todo, inhibiendo lo lúdico y lo sensible.
A lo largo de las páginas y de sus distintos apartados, “Despacio Mundo” brinda reflexiones que parecen susurros al oído que nos hacen adentrarnos (entre muchos otros contextos) a esos hogares de la región de Flandes para contemplar la calidez de sus interiores, sus rincones y detalles, propiciando el detenernos a mirar y de esta manera formar parte de las tertulias en las que la música es la protagonista. A partir de diferentes lienzos barrocos que escenifican encuentros y en función de los relatos en los que Ramón Andrés nos hace partícipes, podemos darnos cuenta de esa rara virtud que tiene la música de ausentarse de las cronologías, siendo esta característica aquella que el autor retoma para mencionarnos que en la música nada envejece por más que el presente tenga sus dominios y sus absolutos, y que sus notas son la entrada en un territorio donde las horas son suspendidas. Y es en esta suspensión temporal, en esta pausa, en donde podemos entregarnos a un silencio tan poderoso que desmiente el afán de la mente moderna que se piensa hegemónica y en realidad es sólo opulenta.
Podríamos cuestionarnos a nosotros mismos ¿a dónde vamos tan deprisa?, ¿por qué no consentimos detenernos a la contemplación en medio del vaivén cotidiano? Ante esto, Ramón Andrés nos dirá que la realidad es una dueña exigente, que cuenta y cuenta el salario que nos paga por ir aprisa. De ahí que, se haga alusión a ese afán por la llegada de las vacaciones, mismas que responden a la necesidad de treguas. En todas las grandes ciudades del mundo, nos dice Nuccio Ordine que pareciera ser que el humano moderno es la persona apurada que no tiene tiempo y es prisionera de la necesidad, lo que conlleva ese tipo de mirada que fijamos en los objetivos a alcanzar que no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos. Por ello, el retomar ese ritmo lento al que hace hincapié Ramón Andrés, nos permite detenernos en las cosas que no necesariamente nos sirven para algo, que pecan de cualquier vínculo utilitarista pero que nos hacen crecer a través de enriquecer nuestro espíritu, lo cual nos aleja de convertirnos en máquinas sin alma.
Lo valioso de este libro, además de la lucidez con la que está escrito, es la impugnación y la revuelta que intenta propiciar ante aquellos que nos utilizan como combustible de sus máquinas y que nos hipnotizan por medio de un pragmatismo objetivo que ofrece éxito y siempre alberga una finalidad. De aquí que la decisión de vivir despacio, la convicción de buscar esa calma que se aleja del aceleracionismo del mundo capitalista, el mirar un árbol con pausa, el sentir esa brisa de la mañana que avista nuevos comienzos, esos ratos de ocio que conectan lo disperso, el recorrer con lentitud un parque o una calle, es –cómo dirá Ramón Andrés– rendirles tributo, es emprender una revuelta contra la prisa que nos saquea.
Por ello, la decisión de vivir despacio, el arrojo de oponerse a un mundo tratado a empujones, la convicción de la calma, es una ganancia y una posibilidad de agitar los pensamientos. Es importante recuperar la lentitud en los procesos de nuestra vida para reconquistar la atención y el pulso de lo cotidiano. Hay que buscar hacer una pausa en medio de la agitación del mundo, que sea independiente de la capacidad de producir ganancias inmediatas y beneficios prácticos.
Finalmente, dice Ramón Andrés que su libro tiene el olor de la vela que se terminaba de apagar al momento de escribir, esa trenza blanca de humo que impregna su habitación y el texto mismo. En este caso, este texto tiene el olor al café que me acompañó mientras reflexionaba sobre esa necesidad de lentitud y de tiempo que nos desliga de cualquier utilitarismo, y que nos permite pensar el mundo buscando ser más libres, más empáticos y más humanos.
Despacio el Mundo
Ramón Andrés
Barcelona: Acantilado, 2024.
