Irán atraviesa una nueva etapa de concentración de poder encabezada por una élite de militares y operadores de seguridad ligados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, tras el asesinato del líder supremo Alí Jameneí durante la guerra con Israel. Aunque su hijo Mojtaba Jameneí asumió el liderazgo político y religioso, analistas consideran que las decisiones clave del régimen son controladas por un reducido grupo de figuras de línea dura con fuerte influencia militar e ideológica.
La nueva estructura de poder está integrada por altos mandos actuales y retirados de la Guardia Revolucionaria, responsables durante décadas de operaciones de inteligencia, represión interna y estrategia regional iraní. Entre ellos destacan Mohammad Bagher Ghalibaf, Ahmad Vahidi y Hossein Taeb, figuras asociadas tanto al aparato de seguridad como a las principales instituciones políticas del país.
Especialistas señalan que esta “hermandad” surgió durante la guerra Irán-Irak y consolidó una visión profundamente antioccidental, basada en la autosuficiencia militar, el control político interno y la expansión de la influencia regional iraní. La continuidad operativa del régimen, pese a la muerte de decenas de dirigentes durante la guerra reciente, refleja el peso de esta estructura en la toma de decisiones estratégicas.
Analistas advierten que el predominio de sectores radicales podría endurecer aún más la política exterior y represiva de Teherán, aunque persisten dudas sobre posibles divisiones internas respecto a una salida negociada del conflicto regional. Mientras tanto, la Guardia Revolucionaria fortalece su papel como eje político, militar y económico del Estado iraní.
