A inicios del siglo XIX, la revolución haitiana envió un mensaje que estremeció al orden atlántico: los esclavos podían convertirse en ciudadanos libres. El eco de ese precedente influyó en la mirada estadounidense sobre Cuba, donde la economía esclavista y el interés geopolítico terminaron entrelazándose durante más de un siglo. Tras la independencia de la isla en 1902, Washington consolidó su influencia económica y política mediante acuerdos comerciales que facilitaron el control del sector azucarero y convirtieron a Cuba, en la práctica, en un enclave subordinado a sus intereses.
La revolución de 1959 alteró de raíz ese esquema. La nacionalización de empresas estadounidenses y la alianza con la Unión Soviética minaron una hegemonía que Estados Unidos daba por garantizada. Desde entonces, Washington desplegó una combinación de hostilidad política, intentos de invasión, operaciones encubiertas y un embargo económico que, hasta hoy, impacta directamente en la vida cotidiana de la población cubana. El bloqueo persiste a pesar de ser incompatible con los principios de soberanía y no injerencia de la Carta de la ONU.
El reciente decreto de Donald Trump, que declara a Cuba una “amenaza inusual y extraordinaria” y sanciona a los países que suministren petróleo a la isla, intensifica ese legado de presión. México ha expresado su rechazo y advierte del riesgo de una crisis humanitaria, reafirmando una política histórica de apoyo a Cuba.
Detrás de la disputa diplomática permanece una memoria social poderosa. Para amplios sectores de la población cubana, la intervención estadounidense se asocia a un pasado marcado por desigualdad extrema, analfabetismo, falta de servicios básicos y concentración de riqueza en una élite estrecha. Esa experiencia alimenta una voluntad de resistencia que trasciende al propio régimen: un temor colectivo a regresar a un orden previo a 1959.
La crisis actual, sin embargo, vuelve a plantear una pregunta de fondo: cómo sostener la soberanía sin que la población pague el costo de un asedio prolongado. Cuba enfrenta, una vez más, la tensión entre sus desafíos internos y la presión externa que define buena parte de su historia moderna.
