Gobernar consume tanto tiempo que deja poco margen para preparar a quien gobernará después. Sin embargo, para Claudia Sheinbaum y para el movimiento que encabeza, la sucesión no es un asunto lejano. Si Morena acepta que Omar García Harfuch o Marcelo Ebrard encabecen la siguiente etapa de la Cuarta Transformación en 2030, la inercia bastaría para llevar a uno de ellos a la candidatura. La correlación de fuerzas dentro del partido deja ver que no existe, por ahora, una tercera figura capaz de competirles en una encuesta abierta, el método preferido por Morena para sus designaciones.
Pero hay indicios de que una parte del movimiento, incluido su fundador, no ve con buenos ojos que la contienda quede entre esos dos nombres. Si así fuera, el reloj corre más rápido de lo que parece.
La historia reciente demuestra que las definiciones no ocurren en la fecha formal, sino mucho antes. Sheinbaum y Ebrard comenzaron a posicionarse desde 2023, año y medio previo a la elección. Para 2029, Morena estará ya en pleno proceso de selección, y la oposición difícilmente tendrá una figura capaz de alterar ese terreno.
El problema se reproduce dentro del propio oficialismo. Las corrientes que no se sienten representadas por Ebrard o por García Harfuch tienen menos de tres años para construir alternativas viables. La tarea es titánica porque ambos integrantes del gabinete de Sheinbaum seguirán capitalizando una enorme visibilidad durante el sexenio.
García Harfuch se encamina a convertirse en el ministro más exitoso del gobierno, justo en el tema que más inquieta a la ciudadanía. Las reducciones en criminalidad fortalecen su perfil y lo convierten en el antídoto ideal contra un eventual candidato opositor que pretenda explotar el miedo. Esto lo hace prácticamente invencible en una encuesta interna, salvo que no participe. Si hubiera interés en evitar que sea candidato, tendría que acordarse su ausencia. El riesgo sería empujarlo hacia otra plataforma si la operación política falla.
Ebrard, por su parte, mantendrá reflector propio debido al conflicto comercial con Estados Unidos y la renegociación del TMEC. Sus relaciones en Washington y su experiencia en crisis internacionales garantizan que seguirá siendo relevante hasta el final del sexenio.
El resto del gabinete se encuentra muy lejos de ese nivel de exposición. La jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, espacio que antes impulsaba carreras presidenciales, no parece ahora producir una figura con posibilidades nacionales. En la capital, García Harfuch ya demostró su fuerza al ganar con holgura la interna.
Nada de esto significa que Morena carezca de cuadros presidenciables. Existen gobernadores, secretarios y subsecretarios con capacidad técnica y política. Pero los tiempos en los que un presidente podía designar unilateralmente a su sucesor quedaron atrás. La lógica interna de Morena se ha vuelto más autónoma y el electorado, más exigente.
Si el movimiento desea una alternativa distinta a los dos punteros, debe comenzar a construirla ya. Dar visibilidad a nuevos perfiles, incorporar gobernadores al gabinete o desarrollar liderazgos emergentes. El retraso solo hará más amplia la ventaja acumulada por quienes ya dominan el escenario.
Si, por el contrario, se ha aceptado que cualquiera de ellos es opción cómoda y viable, la sucesión será tersa. Lo realmente peligroso para Morena sería improvisar al final. Un cambio tardío de señales desde Palacio podría resultar devastador para la cohesión del movimiento y para la continuidad de su proyecto.
