sáb. Feb 14th, 2026

Trump reactiva la lógica imperial estadounidense

La operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro volvió a colocar en el centro del debate una constante histórica que Estados Unidos jamás ha abandonado del todo: su impulso imperial en América Latina. Aunque en ocasiones su presidencia parece caótica, el segundo mandato de Donald Trump ha demostrado una fidelidad sorprendente a esa tradición. Al invocar explícitamente la Doctrina Monroe para justificar la intervención en Venezuela, el mandatario no solo habló claro sobre sus intenciones; también reactivó una lógica que ha guiado a Washington desde el siglo XIX.

Trump suele mentir con facilidad, pero a veces —y de manera estridente— dice la verdad. Cuando repite que lo único que le interesa de Venezuela es su petróleo, cuando anuncia sin ambages planes neoimperialistas o cuando amenazó con convertir a México y Canadá en estados de la Unión, no se trata de desvaríos improvisados. Su administración ha buscado deliberadamente reabrir los marcos ideológicos que legitimaron las intervenciones estadounidenses entre 1898 y 1933, periodo durante el cual la Doctrina Monroe evolucionó de mecanismo defensivo a justificación colonial.

La operación en Caracas, comparable solo con la captura de Manuel Noriega en 1989, marca un punto de inflexión. A diferencia de su gobierno anterior, más errático y reactivo, Trump ha logrado insertarse sin pudor en los patrones más clásicos del intervencionismo estadounidense. Su reciente Estrategia de Seguridad Nacional formaliza esta visión: un documento que declara la intención de “reafirmar y aplicar” la doctrina monroísta y que algunos analistas ya llaman el “Corolario Trump”. El presidente, siempre deseoso de sellar su marca, bautizó incluso su propia doctrina, la “Donroe”, que en esencia libera al imperialismo estadounidense de las limitaciones jurídicas y normativas de la posguerra.

El paralelismo con los presidentes William McKinley y Theodore Roosevelt es evidente. McKinley inauguró la expansión global de Estados Unidos tras derrotar a España; Roosevelt, con su famoso corolario, convirtió la intervención en el Caribe y Centroamérica en rutina. La amenaza reciente de extender la presión militar a Cuba confirma que Trump se inscribe en esa genealogía. Lejos de representar una ruptura, su administración actualiza una tradición centenaria de control hemisférico.

La narrativa que presenta a Trump como una anomalía —como un paréntesis fascistoide en la historia estadounidense— pierde fuerza a la luz de estos hechos. Lo que el episodio venezolano revela es que el magnate neoyorquino no opera fuera de la historia, sino desde su continuidad más cruda. Trump no inventó el intervencionismo: lo despojó de sus filtros diplomáticos y lo devolvió a su forma original, sin disimulos y sin pretensiones moralizantes.

El secuestro de Maduro exhibe, en suma, la verdadera naturaleza del trumpismo en política exterior. No es aislamiento ni excepcionalidad, sino una versión explícita, acelerada y orgullosa del viejo impulso imperial de Estados Unidos. Una doctrina personal que, al final, no es tan nueva: solo más honesta respecto a lo que siempre ha sido el poder estadounidense en la región.